Contuvo las lágrimas al verse incompleta. El espejo reflejaba la radical alteración de sus formas tras el accidente; la
prótesis, a pesar del fiel acabado realista, resultaba perturbadora enfrentada
a la desnudez del cuerpo. Le resultó odiosa desde un primer momento, pero
retomó su vida y le puso nombre para humanizar su condición de objeto inerte. Descubrió entonces nuevos placeres al hacer el amor sin la barrera natural que suponía
la pierna cercenada; cuando agotaron las posibilidades de la situación empezaron
a utilizar la pierna artificial en la cama, Sally. Ella la miraba con aprensión
y él con curiosidad, pero Sally pronto acaparó las atenciones de su
marido, que la custodiaba con celo cuando ella no la usaba. Se hicieron
inseparables, y más todavía cuando su mujer se rompió el cuello al salir del baño;
él la miró y Sally movió uno de sus delicados dedos en señal de aprobación.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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