Contuvo las lágrimas al verse incompleta. El espejo reflejaba la radical alteración de sus formas tras el accidente; la
prótesis, a pesar del fiel acabado realista, resultaba perturbadora enfrentada
a la desnudez del cuerpo. Le resultó odiosa desde un primer momento, pero
retomó su vida y le puso nombre para humanizar su condición de objeto inerte. Descubrió entonces nuevos placeres al hacer el amor sin la barrera natural que suponía
la pierna cercenada; cuando agotaron las posibilidades de la situación empezaron
a utilizar la pierna artificial en la cama, Sally. Ella la miraba con aprensión
y él con curiosidad, pero Sally pronto acaparó las atenciones de su
marido, que la custodiaba con celo cuando ella no la usaba. Se hicieron
inseparables, y más todavía cuando su mujer se rompió el cuello al salir del baño;
él la miró y Sally movió uno de sus delicados dedos en señal de aprobación.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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