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Mostrando las entradas etiquetadas como 2016

El concurso

Evgeny era pálido y ojeroso; caminaba además con pequeños pasitos, como un pajarillo. Cada noche practicaba al piano el mismo concierto, una y otra vez, sin descanso. En el bloque cien querían dormir pero también querían que el muchacho ganara el concurso, de manera que no protestaban; “ será el orgullo de la Unión Soviética ” le había escrito a la familia el camarada Krushchev. Al amanecer Evgeny apagaba la luz y se retiraba exhausto. Evgeny llegó hasta la final del concurso. Su rival, Simonenko, era un joven ucraniano. Ambos parecían iguales, hechos con un patrón. Cruzaron sus miradas; duró un instante, pero se reflejaron los mismos miedos, la penuria, la soledad... y también el amor. El camarada Krushchev dejó visiblemente contrariado la engalanada Gran Sala del Conservatorio de Moscú, donde un enorme retrato de Tchaikovsky contemplaba la escena. El primer premio quedó desierto. Por la parte trasera del edifico pequeñas huellas se perdían en la nieve. Eran ellos....

Dios también fuma

Escondido tras la cortina se encontraba el paraíso. Un ujier mayor, de uniforme azul, botonadura dorada y gorra con visera negra a juego; un viejo que ni comía ni dormía y que amontonaba colillas delante de sus zapatos vigilaba que nadie pudiera asomarse. Fumaba, leía las noticias y si tenía el día bueno, escogía a cualquiera del foso y le dejaba palpar a ciegas. En la otra mitad lo recibían a golpetazos y rápidamente encogía los brazos; el viejo entonces, como en un chiste, lo mandaba rodando de vuelta al foso.  Desde el otro lado del telón asomaron un día unas manos. Palparon el vacío durante unos segundos. El ujier las siguió con la mirada y las golpeó con el periódico. Desaparecieron rápidamente. En el foso, la orquesta muda siguió tocando sin descanso. El infierno era todo, eran todos.

Remedio para culebras

Todo volvió a la normalidad cuando la viuda Mildred metió entre las cejas del predicador un cartucho del diez. La había estado rondando durante el último año como una culebra Biblia en mano. La casa era la única que se mantenía en pie en aquel desierto inanimado, unas tierras que no valían ni las cuatro gotas de lluvia que caían al año, pero allí había sido su vida con Henry. A sus ochenta años le gustaba sentarse en la mecedora del porche y ponerse en perspectiva, quería llevarse una buena impresión de sus días en este mundo. Mildred miró el cuerpo del predicador enfundado en su levita negra, estaba echado en tierra y agarraba la biblia con fuerza. Ella sabía que no era un predicador, al menos no era un predicador de verdad; los predicadores de verdad no guardaban cheques firmados por petroleras dentro de una Biblia.

Antes que puta fui niña

Hazme reír , le pidió a la puta más gorda del barrio. Subieron entonces al último piso de una finca antigua haciendo paradas en cada uno de los cuatro rellanos; ella se ahogaba. El pisito estaba desordenado, muy usado, pero no olía mal porque estaba bien ventilado. Cincuenta euros; dijo ella, no hago anal, no lo trago y no doy besos. Se lo pidió entonces: hazme reír . Soy vieja y gorda, a reírse a otra parte, desgraciado. Y lo tiró a patadas escalera abajo. El hombre regresó a la semana siguiente. Yo soy calvo y triste, nadie me lee poemas. Ella resopló, siempre me tocan los raros. Volvieron al pisito y ella preparó una cafetera; le contó historias de días mejores. Él regresó a la semana siguiente, y a la otra; como un reloj. Al llegar Agosto, la puta más gorda del barrio sacó una libreta de debajo del colchón, estaba llena de poesías que nunca había leído a nadie. Él sonrío.

Armanda y Harry

En la guardería, el resto de niños de su clase, hacían cosas de niños: ellos no. La sabrosa macedonia, el popular postre favorito, tampoco era de su agrado. Estaban apáticos durante el día y lo que verdaderamente les gustaba era salir y aullar a la luna, emboscar cervatillos, conejos y otras bestezuelas; en eso habían salido a sus padres. Los pequeños eran niños lobo, de orejas picudas, pelaje abundante y colmillos prominentes. Los niños de su especie crecen entre niños, puesto que son niños, pero al alcanzar la edad adulta no se mezclarán con el resto de hombres ordinarios. Algunos caerán a manos de los hombres, igual que sus ancestros, confundidos con bestias sanguinarias. No encontrarán vampiros ni balas de plata, pero sí dedos acusadores. Aullarán a la luna, es seguro, y saludarán el paso de las estrellas y los cometas.

Una vaca en Nueva York

El tornado se llevó por los aires a la única vaca en la granja. A pesar del mucho sudor, del cansancio y del mucho polvo; a pesar de todo, fue la vaca y no Willy McDougal; pelirrojo escocés, sucio y bebedor, quien pasó volando a metros de altura por encima de los tejados. Maldijo su suerte, a su amor reñido, y a su botella, por no ser él la vaca. Y por no tener ya la vaca, y también a causa del tornado, comieron pan con arena y hormigas, y excepcionalmente alguna alimaña frita; nada de leche cremosa. La vaca de los McDougal voló por medio país. Mientras rumiaba por enésima vez su último bocado de Kansas contempló ciudades y estados que ni padre ni madre verían jamás de los jamases. Willy se echó a los caminos para traerla de vuelta. En las afueras de las ciudades, en las lindes, tirados en los caminos y andurriales, vio las hileras de los desposeídos. Nunca regresó a la granja. Arrojó la botella a una cuneta, también a su amor reñido y maldecido. Se hizo bautizar a los cuarenta y ...

Viaje al final del olvido

El verano en que empecé a decir los Stones en lugar de los Rolling casi terminaba. Una variada colección de pantalones cortos y bikinis asomaba por nuestra habitación de veraneantes. Las juntas de las baldosas tenían arena de mar, igual que entre las páginas muy usadas de mis lecturas; recuerdo también pequeñas cochas y caracolas sobre la mesa. Un autobús ronco me devolvía hasta Madrid. Al otro extremo las playas y los días se hacían pequeños, aunque me siguieron un rato antes de desaparecer. Después llegó la nada y entonces supe que había viajado hasta allí para dejarte clavado en aquel verano, junto a tu motocicleta y tus maneras de rebelde urbano. Amanecí entre los ruidos de la capital, un día de septiembre, sin distinguir a los Rolling de los Stones; no me importaba. En tu lugar había un agujero negro que erraba constantemente tu nombre y mi historia. Los árboles caían sin motivo en la Gran Vía.

El último vendedor en el mundo de enciclopedias a domicilio

Esta historia está basada en hechos reales. Yo soy el protagonista y todo lo que llevo encima o bien es barato o es falso: mi traje, la corbata, la estilográfica imitación en plástico de Mont Blanc. Pocos saben que las enciclopedias de hace cuarenta años siguen actualizándose a razón de dos tomos por año, y no hay nada como un buen libro grande, de tapas duras. El saber ocupa lugar: varias estanterías;  ese es mi lema. Una casa puede construirse apilando libros, pero prueben a hacer lo mismo con la Internet . Las eminencias no consultan Wikipedia; y no la consultan porque sus oficinas están llenas de gruesos volúmenes repletos de conocimientos y atesorados durante años. Esa es la diferencia, señora o señor . Y caen vencidos como reses cansadas. Y pagan el anticipo de un par de tomos que nunca recibirán. Y acaba el relato, y mi obra, y yo mismo desaparezco.

Castores intrépidos

Todo aconsejaba una prudente retirada. Así lo sentía el pequeño capitán de los Castores y también el resto de la tropa. En los gruesos muros, a través de oscuras oquedades, la vieja casona observaba a todo el que se acercaba. Súbitamente, una atinada pedrada rompía el silencio y los cristales; entonces, el alborotado grupo de exploradores corría en desbandada hasta encontrar el resguardo de una esquina. Eso pasaba a menudo. También una noche, el pequeño capitán, de manera furtiva y desafiando al miedo más negro, grabó en la siniestra madera de la puerta su nombre junto al de ella, la chica que más le gustaba. Luego corrió más rápido que en su vida, le temblaron las rodillas durante horas. Que allí dentro no había nadie ni nada, excepto los destrozos del tiempo, lo supieron muchos veranos después, cuando las excavadoras redujeron el lugar a escombros. El miedo negro se había esfumado y en su lugar no quedaba nada, acaso un triste vacío y un portón repleto de nombres en el limbo de lo...

Cronología

Siempre llegaba a tiempo, hasta que dejó de hacerlo. Desbarató su reloj de bolsillo quitándole las horas y los compromisos. Todo era ayer y mañana y ahora, de una sola vez; un mismo momento en el interior de una esfera de cristal. Era un vacío perfecto conducido por una pequeña maquinaria de la que no sabía si funcionaba o por el contrario se había detenido. Acercaba su larga oreja, hoy sí, creo que funciona ; pero otros días era un no, hoy no, hoy se paró . En cualquier caso, ya no le importaba. Era feliz con su bóveda acristalada sin nada dentro. Si aquello era un desvarío no estaba claro, aunque allí estaban todos locos. Le he quitado las horas , decía con naturalidad, sorbiendo de su taza de té, descansando por fin en su sillón de terciopelo verde, aliviado de no tener que ir siempre con prisas.

La Misión de Medianoche

Al abrir la nevera vi que solo quedaban tres huevos, así que froté la manga de mi chaqué de mago venido a menos y otros tres huevos rodaron hasta mi mano, también un par de monedas bajo mi lengua, ambas de oro falso, ambas rellenas de chocolate. La deslucida chistera ya no proveía como en los buenos viejos tiempos. El truco lo hice muchas veces en la Misión de Medianoche, sin mucho éxito; no les culpo. Aquellas caras hundidas, escondidas tras las barbas y el hedor a miseria transitaban a diario por los márgenes de la civilización. No eran un público de muchas palabras, ni cercano, ni simpático; eran la última y titubeante línea que separaba lo animal de lo humano. Se percibía, podía olerse, era un acto reflejo, intenso como el peligro. No había regreso desde allí, ni magia capaz de pagar ese billete de vuelta.

Periscopio

Un inquilino se instala en mi estómago. Tiene un juego de lápices y un periscopio que asoma por el ombligo. El lugar, vacío más de una década, le parece bien. Ha colgado un cuadro, ha dispuesto una litera, mesa y silla; necesita poco. Escruta los días y los rostros, la forma de las nubes, los ángulos de las luces y las sombras. Lo anota todo, al detalle, en un cuaderno y antes de irse a dormir lee los apretados renglones del día en voz alta. Su voz pequeña sube hasta mi cabeza llena de piedras. Una mujer llora desconsolada en la parada del autobús. Los árboles están reverdeciendo y una manga de sol divide la calle en dos mitades. Un obrero panzudo fuma un puro sentado en un café. Y con cada lectura recuerdo cómo solía ser el mundo antes de que las piedras cegaran mi hambre.

Monzón

Encontrarlo fue pura suerte. Despertó del sueño profundo en la habitación del hotel. Junto a ella dormían amontonados varios cuerpos desnudos y sudorosos. Los tiró de la cama a patadas y les arrojó un puñado de bathts antes de echarlos sin contemplaciones. Apenas quedaba aire limpio, las sábanas estaban sucias y olían mal. El monzón estaba acercándose, abrió la ventana. Podía sentirlo igual que la tirantez en su coño dolorido, pero le dolía más que él nunca la hubiera buscado.  Dos mil años atrás, en el alto Rin, una abadesa duerme empapada en fiebre, suspendida en el vacío por encima de su camastro. En su dedo gira un anillo mientras farfulla en alemán antiguo: “ El número marcado no existe”   El tifón tocará tierra a las siete y media. Al abrigo de un bar, un toy-boy mirará su moderno teléfono recién robado a una turista; una llamada perdida, dos nuevos mensajes.

Brooklyn, ma non tanto

Es febrero y hace frío en Brooklyn. Para Mario Pacini, fontanero hijo de emigrantes italianos, es más frío y más crudo todavía. Sentado en el puerto atrasa el momento de llegar a casa con los bolsillos vacíos. Nunca ha pisado Sicilia pero la siente más próxima que la muy cercana estatua de la libertad. Los remolcadores pasan dejando una cresta de espuma en las olas. Mario los observa mientras piensa en todos los grifos de la ciudad, en el agua cayendo a chorro. Finalmente se levanta y regresa a casa. En el muelle deja olvidado su pesado cajón de herramientas cargado de llaves y tuberías. Se encierra en su cuarto y al tercer día sale con los envoltorios de la tienda de comestibles llenos de dibujos. Desde entonces cada grifo en el mundo lleva un sifón que hace que el agua acaricie las manos, como espuma de las olas.

Clorofila

Algún tipo de sustancia de mantenimiento escapaba por la brecha del armazón cromado. El fluido resbalaba a lo largo del torso, severamente deformado por las fuerzas gravitatorias y una violenta colisión. Inservible, y en el límite de su vida útil, el tripulante había quedado atrapado junto a la unidad motriz de otra máquina, también ya inservible, también dejada allí a toda prisa. La iluminación dentro del módulo era inestable; no había datos, no había comunicaciones recorriendo los circuitos del panel central. Las pantallas se habían apagado y las poderosas computadoras, sin órdenes que ejecutar, rumiaban el silencio, el silencio dentro de un silencio todavía más grande. Se repetía una secuencia residual en los bancos de memoria del tripulante, entremezclada con el canto de las aves. Luego todo se apagó definitivamente.   Después, mucho después, la vigorosa vegetación irrumpió en el módulo. La selva era fabulosamente alta, espesa y verde, y por encima de ella se...

SMI

La mancha en la moqueta era la única imperfección en las muy blancas oficinas del Banco Mundial en Ginebra. La mancha no oscurecía no se resecaba y permanecía inalterable, como recién hecha. El jefe de todo aquello la veía a diario en el pasillo que daba a su amplio despacho, en su edificio. La pisaba siempre que podía, aplastándola indistintamente con la suela de cualquiera de sus dos brillantes y perfectos zapatos de piel natural. Podría haber ordenado cambiar la moqueta, o toda la planta; el edificio entero si hubiera querido. Pero el señor presidente disfrutaba aplastándola. Tenía la creencia de que cada pisotón le arrebataba unas cuantas fibras de suciedad. Así la estrangulaba bajo su zapato, con adquirido disimulo, parándose ante ella con cualquier excusa. Pero nunca consiguió borrarla. Aquella mancha en la moqueta era el único centímetro limpio de un lugar manchado hasta los cimientos.

Ni de noche ni de día

Nunca dice nada. El silencio reina en la ciudad cubierta por la niebla. Hay un teatro de albinos acampado a las afueras, por la noche representan su función sin despegar los labios, con gestos delicados y pasos medidos. Las calles palidecen bajo la niebla. El rosario de luces macilentas dibuja una vaporosa geometría espectral que pequeños esqueletos aprovechan para robar las carteras y los suspiros.  Suena una campana y la función acaba en silencio. El muy escaso público aplaude sin emoción y sin haber visto nada; no levantan mucho ruido al abandonar la carpa y la niebla los traga al cabo de unos metros. El calabozo más profundo es el peor de la comisaría, el más sucio, el más frío y húmedo; también el más oscuro. Allí tirado está mi dulce compañía, de lado, con las costillas molidas; sus ojos amoratados lloran amargas lágrimas por la gracia perdida.

La montaña y la tuneladora

A falta de treinta y nueve metros para alcanzar el centro de la montaña la maquinaría resopló y se detuvo en silencio. El ingeniero se quitó el casco y rascó su calva empapada; en la cuadrilla, los obreros miraban incrédulamente. La tuneladora no pudo avanzar más allá de aquel punto. Las posteriores e insistentes detonaciones con explosivos, cada vez más potentes, no consiguieron brecha ni grieta en el macizo rocoso, que resultaba infranqueable. Muy cualificados geólogos analizaron cada centímetro de piedra, pero los muchos números y mediciones no pudieron explicar   su inconcebible resistencia. Y allí quedó. El contratiempo obligó a cambiar la planificación de la ruta comercial que hubo de desviarse varios kilómetros. Finalmente, las obras acabaron con algunos años de retraso respecto al plan original. Ahora los trenes atraviesan el desierto como ciempiés infatigables, acompañados de una obstinada carretera que discurre en paralelo. Viejos y delgadísimos zahoríe...

Un golpe de suerte

Un golpe de viento alborota los papeles, porque a pesar de todo sigue habiendo papeles que suben bajan y se persiguen en los rincones. Queda todavía algo de rebeldía entre la mercancía barata de los días que pasan, aunque la sorpresa siga vendiéndose cara. Un golpe de viento hace que nombres y lugares se mezclen en una baraja de posibilidades. Con un golpe de suerte, bolsas papeles y envoltorios pueden ganar la jugada. Su juego es sencillo. El viento los levanta y se los lleva lejos, dejando atrás el lugar donde ya nadie los quiere. Sin un golpe de viento los que quedan se desinflan, pierden trozos de colores algunas letras y números, colman las papeleras y vagabundean a ras de suelo. La suerte levanta más expectativas que el viento, aunque no hace tanto ruido.

El aroma

Sus ojos se volvieron hacia ella, pero no había ella. Durante unos segundos su aroma flotó en el aire. Luego desapareció sin dejar rastro. Empezó a suceder muchas veces, en lugares diferentes, a cualquier hora y sin un motivo comprensible. Así nació en la ciudad la primera, y única de la que se tenga noticia, Sociedad del Aroma. Allí, con discreción, se reunían los solitarios a tomar la fragancia. No existía método ni ritual, sólo esperaban. El aroma aparecía sin ser llamado, llegaba desde la nada y por un momento lo impregnaba todo, entonces cerraban los ojos y estiraban la nariz. El mundo tangible, tan colmado de olores, era incapaz de producir ese aroma particular que le hablaba a cada uno según su falta. Con el tiempo, a fuerza de rellenar esa ausencia el aroma los convertía en adictos. Se apocaban, perdían la fuerza; la ensoñación los hacía translucidos hasta llegar poco a poco a la transparencia. Y así dejaban de ser visibles para el resto; desaparecían hasta q...