Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como 2015

Stilettos

Todo cambió con su llegada. Desde aquel día, yo, que siempre despertaba tarde y despreocupado, temía el momento de abandonar la cama. Escuchaba claramente el repicar de sus tacones, como una tijera orgullosa desfilando pasillo abajo; luego la puerta de casa se cerraba. Esa era la señal para salir de la cama. Pasado un buen rato, y con mucho cuidado por si regresaba, me llegaba hasta el baño, donde flotaba, incorpóreo, el aroma de su perfume. El rastro me conducía hasta la cocina y allí se mezclaba con humo de cigarrillo y café. La casa se volvió incómoda. Yo aprovechaba el tiempo que ella estaba fuera para buscar sus cosas y echarlas de casa; pero no había trajes, ni bolsos, ni tacones: ni una gota encontré de su perfume. Ella regresa de madrugada arrastrando sus tacones. Se acerca hasta la cama, donde yo me hago el dormido, y se detiene un momento: un momento que dura una eternidad; entonces siento como el frío se mete entre las sábanas, lo siento acomodarse contra mi cuerpo. Así ...

El corazón de la noche

La temperatura no dejaba de aumentar; la noche era sofocante y la fiebre lo consumía. En la espesura resonaba la cadencia de los tambores que marcaban un ritmo ancestral. La jungla palpitaba a su ritmo creando un siniestro latido, y con cada repetición la maldad penetraba un poco más en su interior. Un séquito de hombres picudos lo llevaron hacia el centro del poblado, allí yacía una larga fila de bueyes sacrificados sobre un barrizal de arena y sangre. El hombre emplumado le hizo beber aquella sangre oscura y espesa, pero la vomitó y recibió un golpe seco que lo tumbó. El fuego de la enorme pira le quemaba la cara. Los hombres picudos lo levantaron y los tambores enmudecieron. Un segundo golpe abrió su pecho, que sonó igual que un viejo cascarón reseco al quebrarse. El corazón vivo regresó a la noche de los tiempos, mientras su alma se hundía en un abismo.

El silencio

Cogió papel y boli y se deshizo de ellos, decidió que nunca más los volvería a utilizar. Vería declinar los días sin apuntar nada; día gris tras día gris, sin nombres, sin fechas. Pasarían los meses, las estaciones, los años... y no apuntaría nada. Cerraría los ojos y se sonreiría, satisfecha, en su mecedora. Allí la vida resplandecería igual que la primerísima y luminosa página de su cuaderno infantil, sin tachones, sin renglones torcidos, sin manchas de tinta. No, ya no haría falta volver a escribir nada. Todo lo importante había sido escrito: era inolvidable.

Los ojos de la serpiente

En menudo lío se había metido. Y ella también. Se despertaron desnudos mientras el errático vuelo de los abejorros zumbaba en el aire. Una gran voz retumbó como un trueno y bandadas de aves alzaron el vuelo sobre el rosado atardecer. Bestias grandes y pequeñas corrieron a ocultarse en la espesura y miríadas de diminutas patas se movieron a toda prisa bajo el exuberante follaje. La fruta madura rodaba por el suelo y el eco de una risa burlona se arrastraba serpenteando por todos y cada uno de los recovecos del imponente vergel. Antes de ser expulsados echaron la vista atrás avergonzados, donde una espada en llamas custodiaba la colosal entrada.

Alma

Tras varios días de viaje, llegaron al planeta entre vómitos y arcadas, bilis, babas e inmundicia sintética. Llegaron sin alma, porque al viajar a grandes velocidades el alma llega siempre después que el cuerpo, y en un viaje de esas características el alma puede perderse para siempre y no volver a encontrarse nunca con el cuerpo. Cuando abrieron bien los ojos no pudieron describir nada. Habían olvidado sus nombres y el motivo por el que estaban allí. Miraban con asombro sus cuerpos empapados en compuesto amniótico enriquecido. Se tocaban con miedo entre balbuceos, sin prestar atención a que en las pantallas de navegación se perfilaban amplias zonas con estructuras iluminadas sobre las que descendía una fina lluvia de filamentos blanquecinos.  Si sus almas regresaban a tiempo podrían saber que habían encontrado la respuesta; que finalmente habían llegado… y que estaba lleno de luces.

El espectro de la rosa

Esta noche, después de cenar, he subido al estudio. He seguido subiendo   y he dejado el estudio atrás. He vagado a oscuras por estrechos pasillos que conducían a escaleras y más escaleras. He pasado por puertas cerradas durante años que temblaban y crujían con violencia, pero que enmudecían cuando me acercaba. He subido y subido hasta donde ya no habían ni paredes ni puertas. Desde allí arriba todo era lejano y diminuto. Y he seguido subiendo, cada vez más ligero, sabiendo que ya nunca podría bajar.

El pabellón Nº 3

La puerta del 3ºB estaba reventada; es lo primero que vi al salir del ascensor. Los pequeños restos de madera crujían bajo mis botas. Su sonido me recordó a los cuellos de aquellos siete infelices quebrándose entre mis manos. Se vinieron conmigo, bajo mi capa, uno por uno, mientras dormían. Las viejas matronas ni se enteraron gracias al láudano. Tuvieron que echar la puerta abajo para despertarlas. Pero ellos se portaron como angelitos, ni un quejido; nada. Bajé a trompicones, poseído, riendo y aullando, golpeando las paredes con mi bastón mientras gritaba y maldecía. La  sangre me ardía. En el zaguán del pabellón de maternidad me detuve en seco y miré con recelo. La luna llena iluminaba el vestíbulo. Acurrucado tras la bancada me llevé la mano al bolsillo del gabán. Al tocarlos con los dedos me invadió un creciente y gozoso éxtasis; los siete pequeños corazoncitos seguían allí, palpitando.

Rusty

No reconoció su imagen reflejada en los espejos del túnel de la risa, pero todo el mundo era un monstruo al reflejarse en los espejos curvados. Rusty se apretaba contra la pared y acechaba en la penumbra. Rusty escuchaba las risas y los tacones y hurgaba dentro de su pantalón remendado, le gustaba el aroma del perfume barato mezclándose con el algodón de azúcar. Rusty tapaba sus ojos y farfullaba con fervor un viejo himno presbiteriano mientras la amarillenta prótesis bailaba entre sus encías desdentadas, pero luego Rusty los abría, resoplaba y agitaba la mano con vigor hasta que su sonrisa pintada se convertía en una mueca animal ahogada en silencio; entonces Rusty caía de rodillas junto a su bocina, los tickets usados, las colillas y los botellines, mientras los tacones y el eco de las risas se dirigían hacia la salida hasta perderse en la noche.

Transfusión

Abrió la caja y dijo:   “ Aquí tenemos su nueva alma ”.  Todos los presentes se acercaron con precaución y asomaron sus mostachos canosos. En su interior apenas si podía verse una minúscula hebra de vapor a punto de deshacerse. Llevaron la caja a toda prisa hasta el lecho del acaudalado y viejo carcamal Gordon Plymouth III, que agonizaba sin remedio. Le acercaron la caja despacio hasta sus resecos labios febriles. El tembloroso anciano sorbió aquella hebra de vapor como si de una sopa se tratara. Al instante sus ojos se inyectaron de brillo, las profundas grietas de su piel cuarteada desaparecieron y un vigor inusitado recorrió todos sus miembros. Mientras tanto, en la planta baja y en un oscuro rincón de la exquisita biblioteca eduardiana, una pordiosera se desangraba entre el brillo de los escalpelos y los bisturíes con el vientre abierto en canal mientras acunaba un feto sin vida.

Terranova

La cantante de ópera está apoyada en la barandilla de la cubierta superior del Titanic. Se dirige a Nueva York. En el Metropolitan las entradas se agotaron hace meses. Dos noches y una cantidad indecente de dinero para escuchar a la diva del imperio, que se acomoda dentro de su abrigo de pieles blanco mientras mira con desgana el horizonte y escucha el rumor del oleaje lamer el impenetrable casco del transatlántico. El mar no acaba nunca. La noche es fría y estrellada. Todo está en calma. Cuatro cubiertas por debajo los piojos duermen cobijados entre la mugre. En Nueva York la filarmónica afina sus instrumentos. La diva saca un cigarrillo de su pitillera de oro, lo enciende y el humo se pierde en la inmensidad. Pero nada se pierde. Todo retorna bajo otra apariencia. Su vida discurre igual que una placa de hielo flotando a la deriva.

Boxeadores, pelirrojas y caballos perdedores

La luz lo cegó al abrir los ojos y no recordaría nada de aquella noche ni tampoco de cualquier noche anterior. El mentón de “kid” Sullivan se hizo pedazos antes de que sonara la campana del tercer round. Y es que Pacheco “el Cubano” tenía el mejor gancho de Florida, el sedante del hipódromo hizo todo lo demás; Sullivan quedó grogui sobre la lona igual que un bistec de noventa kilos. Los visito de vez en cuando en mi Cadillac. Ella se alegra como un cachorrillo, me dice "por los viejos tiempos", y se hace una coleta y hunde su cabeza entre mis piernas. Cuando acaba enciendo un habano y se guarda un par de billetes en su delantal mugriento, luego sale del remolque a limpiarle las babas al gigantón de noventa kilos que sonríe embobado. En verano su melena pelirroja es especialmente anaranjada, como en los viejos tiempos.

Un paraguas bajo el túnel

Estaba esperando en un rincón, varios metros por debajo del asfalto, en la penumbra de los tenebrosos túneles del alcantarillado. La pequeña salvaje se cubría únicamente con un largo jersey de cuello vuelto raído y sucio. Solía mirar por una rejilla los anuncios luminosos de la capital, y los días lluviosos suspiraba con los paraguas de colores. Era temida por las ratas que chillaban inquietas hasta que ella terminaba de saciar su apetito. Después se dormía con el eco de las corrientes subterráneas y soñaba que se lanzaba con ferocidad sobre mendigos y vagabundos; pero uno de ellos, señor Grasa, la obligaba a retroceder. Ella gruñía y lanzaba dentelladas, corría por laberínticas cloacas y galerías hasta que era arrinconada contra un sumidero. Al despertarse husmeaba entre basuras y desperdicios que atesoraba en su rincón, entonces desplegaba las endebles varillas de un maltrecho paraguas y escuchaba el lento gotear del tiempo.

La ciudad muerta

Después de pensarlo mucho, se armó de valor y saltó al vacío. La señora Holloway estaba enfundada y amordazada en látex negro, sumergida en una bañera colmada de champán junto a su caja de hierba. El señor Simmons contaba los cupones de descuento de unos grandes almacenes. El pequeño Billy Boy imaginaba que era invisible. La autopista ardía y el viento mecía las palmeras en llamas; era un viento cálido y maligno que desenterraba los secretos. Cuando apretaba el collar de perlas entre los muslos el champán se desbordaba y se mezclaba con la orina, de cinco, de diez, un dólar, una pantalla de plasma, las bragas de la profesora son color rosa y duerme sin sujetador. Las cenizas descendían sobre los callejones de la ciudad muerta cuando el ángel regresó a la cima con un mensaje. “Acaben con todos”

El último hombre vacío

No se explicaba cómo, pero nada le dolía. Nunca envejecía, no tomaba alimento alguno y tampoco bebía. El último hombre vacío no tenía nada en su interior y caminaba con guijarros dentro de los bolsillos. A pesar de las muchas pruebas y preguntas, que siempre daban el mismo resultado, no recordaba si alguna vez estuvo lleno por dentro. Su mirada gris, siempre en espera, buscaba lo extraordinario en las cambiantes formas de las bandadas de pájaros al atardecer, en los delicados brotes que crecían en macetas de colores y en las atareadas hormigas que acarreaban migas de pan. Probó suerte con muchos trabajos: telegrafista, orfebre y samurai, aunque finalmente se convirtió en buzo, fascinado por los destellos plateados de los bancos de peces. Más tarde, persiguiendo las luces, se adentraría en las profundidades de una sima oceánica con sus guijarros en los bolsillos y nunca más volvería a la superficie.

Ninguna luz como la tuya

La procesión detuvo su marcha un momento junto al vetusto batiscafo que yacía sepultado bajo el peso del océano. Los huesos del capitán Erkiaga permanecían aferrados al timón del sumergible, ignorando la brecha que deformaba aquel ingenioso cilindro metálico así como los diminutos peces y formas de vida que lo rodeaban en cerrada y silenciosa oscuridad. Acto seguido la procesión siguió su curso sobrevolando a baja altura el golfo de Bizkaia hasta adentrarse en la costa; allí, una anciana, indiferente a las luces que se dirigían rumbo a las montañas, pasaba las quejumbrosas páginas de un viejo álbum y sus gruesas lentes se empañaban al verse en las fotografías junto a un joven y apuesto guardiamarina.

Griselda en el palacio de invierno

Burló a la muerte para convertirse en su ama de llaves, y aunque todos en la aldea conocen la terrible historia de la joven doncella confinada en el palacio de invierno, nadie se atreve a pronunciar su nombre. Allí vive Griselda rodeada de cristales de hielo, nieve y escarcha, deambulando por los solitarios corredores sin que la muerte pueda tocarla, ni tan siquiera un mechón de su larga melena oscura. Cada noche Griselda hace sonar su viejo y desafinado clavicordio mientras la muerte descansa echada sobre un antiguo diván raído; es entonces cuando los aldeanos se desploman al compás del minueto o la contradanza. Después la dama cuenta a los infelices con su pequeño catalejo de hojalata; entre suspiros, Griselda, aprieta en su mano la pequeña llave que da cuerda a su corazón mecánico.

Blossom ( La senda de los coyotes )

Volvió a toda prisa hacia la salida de la cueva, pero el viejo chamán le cerró el paso. En el interior los murciélagos aleteaban inquietos bajo la bóveda rocosa. Quijadas, colmillos y amuletos colgaban de la piedra. El temeroso y joven discípulo se preparó para la ceremonia. Sus ojos se voltearon. Sus huesos se dislocaron. El conocimiento se abrió paso en su cuerpo de manera impetuosa, abrasándolo, desencajándolo y sometiéndolo a todo tipo de violentos dolores. Así lo describían las ancestrales pinturas hechas sobre la piedra que, iluminadas por temblorosas llamas, relataban el tránsito de la carne a través de las estrellas. Cuando el joven aprendiz salió a la luz del día era un anciano encogido y reseco. Su predecesor le saludó reverencialmente y se alejó soplando su flauta de caña hasta desaparecer por la senda de los coyotes. En el valle, la tribu de los navajos preparaba el recibimiento.

Las hadas llevan botas

Faltaban cinco minutos. El torturador, oculto tras una máscara kabuki, echó una ojeada a su exclusivo reloj de pulsera japonés. Cuando acabó de desenredar los cables del pequeño dispositivo de descargas eléctricas escogió un disco y dejó caer la aguja en la última canción del vinilo. En la habitación de al lado un cuerpo amordazado y surcado de cuerdas y nudos pendía cabeza abajo. Se asemejaba a una crisálida de cuero negro y brillante que oscilaba entre gimoteos colgada de un gancho anclado en el techo. Las ataduras se hundían en su carne enrojecida y por su frente rodaban lágrimas negras de éxtasis mezcladas con rímel, sudor y saliva. La máquina de los prodigios resopló cansada. La aguja del tocadiscos había llegado al final del disco y repetía un ciclo infinito. El torturador abrió la puerta de la celda, una nube de pequeñas mariposas blancas aleteaban en su interior.

El gorro delator

Con las yemas de los dedos recorrió los cascabeles de su gorro mientras se miraba en el espejo. Sin duda era un gorro enorme para un hombrecillo tan pequeño, deforme y malhumorado. Era un gorro que siempre se caía con las cabriolas y las volteretas. Pero sobre todo era un gorro delator. Cuando el amo durmiera sacaría la pequeña daga envenenada de la manga; sí, de la manga; sí, del ajustado traje carmesí que ceñía su joroba, y rebanaría su gaznate, y vengaría a su estirpe, y huiría galopando al campamento de los gitanos a lomos de uno de los mastines. Aunque no sería aquella noche, porque tras un sonoro eructo se escuchó: —  Bufón, deja de mirarte. Ponte el gorro y baila .

Wichita Vortex Sutra

Ya que tenía que empezar por algún sitio, empezó por los pies. El aire soplaba en la polvorienta llanura, la lona de la carpa se inflaba y desinflaba y la ropa volaba sin dueño fuera del tendedero. Quitó el polvo y la tierra de los pequeños pies desnudos, los enjugó con un trapo, los bendijo y los besó. Tras la espalda del predicador la tormenta avanzaba. El cielo se tocaba con la tierra haciendo saltar chispas y formando remolinos eléctricos, hasta que se desgarró como una vieja tela muy usada. El niño balanceaba los pies sentado en su taburete. Llovía con gran ruido, ruedas, dentaduras postizas, fotografías, zapatos de domingo, retratos, sombreros, botellines y gramófonos se estrellaban contra el suelo. Pronto les llegó un caudal de objetos que avanzaban en desorden. El predicador rescató un pequeño caballo de madera del arroyo. Está lloviendo tiempo, pensó, mientras el niño le sonreía.