La sirena alertó de la sobrecarga
de erratas. Un aullido espeluznante, que fue escuchado hasta el último rincón de la ciudadela, petrificó a sus habitantes. En
el interior de la fortaleza la máquina Moloch se detuvo al instante; dentro de su hermético vientre de acero forjado cientos de oficinistas enlutados braceaban apremiantes
en un mar de tinta, vapor, papeles y grasa. ¡Nadie
lo ha notado! gritaban en el secretariado inferior ¡Hay tiempo para rectificar! les replicaban los comisarios del
nivel superior. Moloch reanudó su marcha entre grandes quejidos mecánicos. Una coral de burócratas postrada ante las turbinas entonó una loa en comedido tono de júbilo administrativo. Los petrificados volvieron a la
actividad. Nadie notó nada, excepto que el café se había enfriado más rápido de
lo habitual y que las tostadas estaban quemadas, eso y una extraña sensación de
haber vivido ya ese momento.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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