La sirena alertó de la sobrecarga
de erratas. Un aullido espeluznante, que fue escuchado hasta el último rincón de la ciudadela, petrificó a sus habitantes. En
el interior de la fortaleza la máquina Moloch se detuvo al instante; dentro de su hermético vientre de acero forjado cientos de oficinistas enlutados braceaban apremiantes
en un mar de tinta, vapor, papeles y grasa. ¡Nadie
lo ha notado! gritaban en el secretariado inferior ¡Hay tiempo para rectificar! les replicaban los comisarios del
nivel superior. Moloch reanudó su marcha entre grandes quejidos mecánicos. Una coral de burócratas postrada ante las turbinas entonó una loa en comedido tono de júbilo administrativo. Los petrificados volvieron a la
actividad. Nadie notó nada, excepto que el café se había enfriado más rápido de
lo habitual y que las tostadas estaban quemadas, eso y una extraña sensación de
haber vivido ya ese momento.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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