Ayer salí desnudo a la escena. Suele
haber algo de charla antes, breve en la mayoría de ocasiones, pero ayer no; ayer salí en pelotas, muy puesto, directo al chupachupa con una mulata culona y gritona: la follaba y la ahogaba, y ella, en su papel, suplicaba por más, y digo que, entre aquellos gimoteos muchos y grititos ahogados, yo, digo,
me pregunté mentalmente lo que habría al otro lado de la persiana oxidada y gris, abollada de cojones a base de meterle balonazos, donde jugaba de crío: ninguno
de la cuadrilla lo vimos nunca !Joder me corro! ella se vino a mis pies y la leche salió disparada contra sus tetas; mi corazón se paró en seco. Los grandes ojazos de la mulata, emborronados
de sombra y salpicados de lefa, vieron como me desplomaba. Y bien, me dije, ¿qué
cojones guardarían tras la persiana? posiblemente la muerte, papito, dijo la
mulata, limpiándose con un kleenex.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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