Ayer salí desnudo a la escena. Suele
haber algo de charla antes, breve en la mayoría de ocasiones, pero ayer no; ayer salí en pelotas, muy puesto, directo al chupachupa con una mulata culona y gritona: la follaba y la ahogaba, y ella, en su papel, suplicaba por más, y digo que, entre aquellos gimoteos muchos y grititos ahogados, yo, digo,
me pregunté mentalmente lo que habría al otro lado de la persiana oxidada y gris, abollada de cojones a base de meterle balonazos, donde jugaba de crío: ninguno
de la cuadrilla lo vimos nunca !Joder me corro! ella se vino a mis pies y la leche salió disparada contra sus tetas; mi corazón se paró en seco. Los grandes ojazos de la mulata, emborronados
de sombra y salpicados de lefa, vieron como me desplomaba. Y bien, me dije, ¿qué
cojones guardarían tras la persiana? posiblemente la muerte, papito, dijo la
mulata, limpiándose con un kleenex.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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