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Alina

Llevaba tiempo esperándolo, la mueca apretó el paso en cuanto lo vio. A su paso la mueca lamía las cabezas que giraban. Dudé por si era una invención, un monstruo surgido de un corazón diminuto negro y apretado. Los parias arrastraban sus carritos colmados de sobras de los hipermercados, se insultaban entre ellos, sudorosos, abrasados por la desdicha y orgullosos de su ira.

Los macarrones se habían quedado fríos y sobre el mantel, platos, cubiertos y minutos permanecían inmóviles. La mueca se apeó en la recién inaugurada estación central, una pesada glorificación a la durabilidad del cemento armado surcada por diáfanos cristales. En la blanca ciudad la mueca relamió a Alina, y a la pequeña montaña de macarrones fríos, a los platos llenos que parecían vacíos, al reloj en pausa y a las horas que flotaban despacio como burbujas. Las piernas de Alina flaquearon y su cabeza giró dando muchas vueltas, hasta perderse por las calles delineadas de la ciudad blanca. La mueca la siguió como una sombra obstinada, a trompicones; chasqueando los dedos burlona, relamiendo las cabezas de cuantos salían a su encuentro.

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Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

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