Llevaba tiempo esperándolo, la
mueca apretó el paso en cuanto lo vio. A su paso la mueca lamía las cabezas que
giraban. Dudé por si era una invención, un monstruo surgido de un corazón
diminuto negro y apretado. Los parias arrastraban sus carritos colmados de
sobras de los hipermercados, se insultaban entre ellos, sudorosos, abrasados
por la desdicha y orgullosos de su ira.
Los macarrones se habían quedado
fríos y sobre el mantel, platos, cubiertos y minutos permanecían inmóviles. La
mueca se apeó en la recién inaugurada estación central, una pesada glorificación
a la durabilidad del cemento armado surcada por diáfanos cristales. En la
blanca ciudad la mueca relamió a Alina, y a la pequeña montaña de macarrones
fríos, a los platos llenos que parecían vacíos, al reloj en pausa y a las horas
que flotaban despacio como burbujas. Las piernas de Alina flaquearon y su
cabeza giró dando muchas vueltas, hasta perderse por las calles delineadas de
la ciudad blanca. La mueca la siguió como una sombra obstinada, a trompicones;
chasqueando los dedos burlona, relamiendo las cabezas de cuantos salían a su encuentro.
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