Hazme reír, le pidió a la puta más gorda del barrio. Subieron entonces al
último piso de una finca antigua haciendo paradas en cada uno de los cuatro
rellanos; ella se ahogaba. El pisito estaba desordenado, muy usado, pero no olía
mal porque estaba bien ventilado. Cincuenta euros; dijo ella, no hago anal, no
lo trago y no doy besos. Se lo pidió entonces: hazme reír. Soy vieja y gorda, a
reírse a otra parte, desgraciado. Y lo tiró a patadas escalera abajo. El hombre
regresó a la semana siguiente. Yo soy calvo y triste, nadie me lee poemas. Ella
resopló, siempre me tocan los raros. Volvieron al pisito y ella preparó una
cafetera; le contó historias de días mejores. Él regresó a la semana siguiente, y a la otra; como un reloj. Al llegar Agosto, la puta más gorda del barrio sacó una libreta de debajo del colchón, estaba
llena de poesías que nunca había leído a nadie. Él sonrío.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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