Hazme reír, le pidió a la puta más gorda del barrio. Subieron entonces al
último piso de una finca antigua haciendo paradas en cada uno de los cuatro
rellanos; ella se ahogaba. El pisito estaba desordenado, muy usado, pero no olía
mal porque estaba bien ventilado. Cincuenta euros; dijo ella, no hago anal, no
lo trago y no doy besos. Se lo pidió entonces: hazme reír. Soy vieja y gorda, a
reírse a otra parte, desgraciado. Y lo tiró a patadas escalera abajo. El hombre
regresó a la semana siguiente. Yo soy calvo y triste, nadie me lee poemas. Ella
resopló, siempre me tocan los raros. Volvieron al pisito y ella preparó una
cafetera; le contó historias de días mejores. Él regresó a la semana siguiente, y a la otra; como un reloj. Al llegar Agosto, la puta más gorda del barrio sacó una libreta de debajo del colchón, estaba
llena de poesías que nunca había leído a nadie. Él sonrío.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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