Hazme reír, le pidió a la puta más gorda del barrio. Subieron entonces al
último piso de una finca antigua haciendo paradas en cada uno de los cuatro
rellanos; ella se ahogaba. El pisito estaba desordenado, muy usado, pero no olía
mal porque estaba bien ventilado. Cincuenta euros; dijo ella, no hago anal, no
lo trago y no doy besos. Se lo pidió entonces: hazme reír. Soy vieja y gorda, a
reírse a otra parte, desgraciado. Y lo tiró a patadas escalera abajo. El hombre
regresó a la semana siguiente. Yo soy calvo y triste, nadie me lee poemas. Ella
resopló, siempre me tocan los raros. Volvieron al pisito y ella preparó una
cafetera; le contó historias de días mejores. Él regresó a la semana siguiente, y a la otra; como un reloj. Al llegar Agosto, la puta más gorda del barrio sacó una libreta de debajo del colchón, estaba
llena de poesías que nunca había leído a nadie. Él sonrío.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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