En la guardería, el resto de niños de su clase, hacían cosas de niños: ellos no. La sabrosa macedonia, el popular postre favorito, tampoco era de su agrado. Estaban apáticos durante el día y lo que verdaderamente les gustaba era salir y aullar a la
luna, emboscar cervatillos, conejos y otras bestezuelas; en eso habían salido a sus padres. Los pequeños eran niños
lobo, de orejas picudas, pelaje abundante y colmillos prominentes. Los niños
de su especie crecen entre niños, puesto que son niños, pero al alcanzar la edad adulta no se
mezclarán con el resto de hombres ordinarios. Algunos caerán a manos de los
hombres, igual que sus ancestros, confundidos con bestias sanguinarias. No
encontrarán vampiros ni balas de plata, pero sí dedos acusadores. Aullarán a la
luna, es seguro, y saludarán el paso de las estrellas y los cometas.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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