En la guardería, el resto de niños de su clase, hacían cosas de niños: ellos no. La sabrosa macedonia, el popular postre favorito, tampoco era de su agrado. Estaban apáticos durante el día y lo que verdaderamente les gustaba era salir y aullar a la
luna, emboscar cervatillos, conejos y otras bestezuelas; en eso habían salido a sus padres. Los pequeños eran niños
lobo, de orejas picudas, pelaje abundante y colmillos prominentes. Los niños
de su especie crecen entre niños, puesto que son niños, pero al alcanzar la edad adulta no se
mezclarán con el resto de hombres ordinarios. Algunos caerán a manos de los
hombres, igual que sus ancestros, confundidos con bestias sanguinarias. No
encontrarán vampiros ni balas de plata, pero sí dedos acusadores. Aullarán a la
luna, es seguro, y saludarán el paso de las estrellas y los cometas.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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