La Estación Blanca sirve el mejor
café con tarta de manzanas a lo largo de la interestatal 40. Es un sitio
pequeño y alejado que mira hacia la autopista. Todo lo que tengo está en mi
camioneta. Sé que en algún lugar de los Estados una mujer deja la luz del
porche encendida por si vuelvo a medianoche, o tal vez ya se ha cansado de
esperar. Es una posibilidad, siempre digo lo mismo. Un buen día se posó un
águila en lo alto del granero. Sin pensarlo recogí mis cosas y salí disparado.
Ahora vivo entre camiones, carreteras y áreas de servicio. Hablo con Rosita, dueña
de la Estación Blanca, De si hay mucho tráfico o del tiempo que hace desde la
última visita. El horizonte es inmutable, a pesar de las millas, Es lo único
que nunca cambia.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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