La Estación Blanca sirve el mejor
café con tarta de manzanas a lo largo de la interestatal 40. Es un sitio
pequeño y alejado que mira hacia la autopista. Todo lo que tengo está en mi
camioneta. Sé que en algún lugar de los Estados una mujer deja la luz del
porche encendida por si vuelvo a medianoche, o tal vez ya se ha cansado de
esperar. Es una posibilidad, siempre digo lo mismo. Un buen día se posó un
águila en lo alto del granero. Sin pensarlo recogí mis cosas y salí disparado.
Ahora vivo entre camiones, carreteras y áreas de servicio. Hablo con Rosita, dueña
de la Estación Blanca, De si hay mucho tráfico o del tiempo que hace desde la
última visita. El horizonte es inmutable, a pesar de las millas, Es lo único
que nunca cambia.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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