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Bajo el eclipse

La sombra del hombre esdrújulo se despereza bajo los neones, se alarga hasta tocar el muslo de Jimena. Durante quince minutos, que es el tiempo que Jimena tarda en comer su bandeja de comida precocinada y mirar el teléfono, la sombra permanece allí curvada. El eclipse agita la desgana del pequeño grupo de trabajadores reunidos en la sala de descanso. Divagan en un silencio impuro hecho de cubiertos de plástico chocando contra fiambreras y sombras.

Jimena tira los restos de la comida en una papelera, luego desaparece tras la puerta y la luna apaga el mediodía. La sombra cae sobre la silla. El hombre esdrújulo mira el vacío a su lado, acaricia con la palma de la mano el asiento desnudo que todavía retiene el calor corporal de Jimena. El eco de otros soles, otros cuerpos bajo el mediodía reverbera en algún lugar de su memoria. Ahora todo es oscuro.

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Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.