Volvió a toda prisa hacia la
salida de la cueva, pero el viejo chamán le cerró el paso. En el interior los
murciélagos aleteaban inquietos bajo la bóveda rocosa. Quijadas, colmillos y
amuletos colgaban de la piedra. El temeroso y joven discípulo se preparó para
la ceremonia. Sus ojos se voltearon. Sus huesos se dislocaron. El conocimiento
se abrió paso en su cuerpo de manera impetuosa, abrasándolo, desencajándolo y sometiéndolo a todo tipo de violentos dolores. Así lo describían las
ancestrales pinturas hechas sobre la piedra que, iluminadas por temblorosas
llamas, relataban el tránsito de la carne a través de las estrellas.
Cuando el joven aprendiz salió a la luz del día era un anciano encogido y reseco. Su predecesor le saludó reverencialmente y se alejó soplando su flauta de caña hasta desaparecer por la senda de los coyotes.
En el valle, la tribu de los navajos preparaba el recibimiento.
Cuando el joven aprendiz salió a la luz del día era un anciano encogido y reseco. Su predecesor le saludó reverencialmente y se alejó soplando su flauta de caña hasta desaparecer por la senda de los coyotes.
En el valle, la tribu de los navajos preparaba el recibimiento.
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