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Boxeadores, pelirrojas y caballos perdedores


La luz lo cegó al abrir los ojos y no recordaría nada de aquella noche ni tampoco de cualquier noche anterior. El mentón de “kid” Sullivan se hizo pedazos antes de que sonara la campana del tercer round. Y es que Pacheco “el Cubano” tenía el mejor gancho de Florida, el sedante del hipódromo hizo todo lo demás; Sullivan quedó grogui sobre la lona igual que un bistec de noventa kilos.
Los visito de vez en cuando en mi Cadillac. Ella se alegra como un cachorrillo, me dice "por los viejos tiempos", y se hace una coleta y hunde su cabeza entre mis piernas. Cuando acaba enciendo un habano y se guarda un par de billetes en su delantal mugriento, luego sale del remolque a limpiarle las babas al gigantón de noventa kilos que sonríe embobado. En verano su melena pelirroja es especialmente anaranjada, como en los viejos tiempos.

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Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.

La cronófaga y la pila de ropa

  Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.