Es febrero y hace frío en Brooklyn.
Para Mario Pacini, fontanero hijo de emigrantes italianos, es más frío y más
crudo todavía. Sentado en el puerto atrasa el momento de llegar a casa con los
bolsillos vacíos. Nunca ha pisado Sicilia pero la siente más próxima que la muy
cercana estatua de la libertad. Los remolcadores pasan dejando una cresta de
espuma en las olas. Mario los observa mientras piensa en todos los grifos de la
ciudad, en el agua cayendo a chorro. Finalmente se levanta y regresa a casa. En
el muelle deja olvidado su pesado cajón de herramientas cargado de llaves y tuberías.
Se encierra en su cuarto y al tercer día sale con los envoltorios de la tienda
de comestibles llenos de dibujos. Desde entonces cada grifo en el mundo lleva un
sifón que hace que el agua acaricie las manos, como espuma de las olas.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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