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Brooklyn, ma non tanto


Es febrero y hace frío en Brooklyn. Para Mario Pacini, fontanero hijo de emigrantes italianos, es más frío y más crudo todavía. Sentado en el puerto atrasa el momento de llegar a casa con los bolsillos vacíos. Nunca ha pisado Sicilia pero la siente más próxima que la muy cercana estatua de la libertad. Los remolcadores pasan dejando una cresta de espuma en las olas. Mario los observa mientras piensa en todos los grifos de la ciudad, en el agua cayendo a chorro. Finalmente se levanta y regresa a casa. En el muelle deja olvidado su pesado cajón de herramientas cargado de llaves y tuberías. Se encierra en su cuarto y al tercer día sale con los envoltorios de la tienda de comestibles llenos de dibujos. Desde entonces cada grifo en el mundo lleva un sifón que hace que el agua acaricie las manos, como espuma de las olas.

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Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.