Algún tipo de sustancia de
mantenimiento escapaba por la brecha del armazón cromado. El fluido resbalaba a
lo largo del torso, severamente deformado por las fuerzas gravitatorias y una
violenta colisión. Inservible, y en el límite de su vida útil, el tripulante
había quedado atrapado junto a la unidad motriz de otra máquina, también ya inservible,
también dejada allí a toda prisa. La iluminación dentro del módulo era
inestable; no había datos, no había comunicaciones recorriendo los circuitos
del panel central. Las pantallas se habían apagado y las poderosas computadoras,
sin órdenes que ejecutar, rumiaban el silencio, el silencio dentro de un silencio
todavía más grande. Se repetía una secuencia residual en los bancos de memoria
del tripulante, entremezclada con el canto de las aves. Luego todo se apagó
definitivamente. Después, mucho
después, la vigorosa vegetación irrumpió en el módulo. La selva era
fabulosamente alta, espesa y verde, y por encima de ella se balanceaban los
interminables cuellos de los dinosaurios.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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