Algún tipo de sustancia de
mantenimiento escapaba por la brecha del armazón cromado. El fluido resbalaba a
lo largo del torso, severamente deformado por las fuerzas gravitatorias y una
violenta colisión. Inservible, y en el límite de su vida útil, el tripulante
había quedado atrapado junto a la unidad motriz de otra máquina, también ya inservible,
también dejada allí a toda prisa. La iluminación dentro del módulo era
inestable; no había datos, no había comunicaciones recorriendo los circuitos
del panel central. Las pantallas se habían apagado y las poderosas computadoras,
sin órdenes que ejecutar, rumiaban el silencio, el silencio dentro de un silencio
todavía más grande. Se repetía una secuencia residual en los bancos de memoria
del tripulante, entremezclada con el canto de las aves. Luego todo se apagó
definitivamente. Después, mucho
después, la vigorosa vegetación irrumpió en el módulo. La selva era
fabulosamente alta, espesa y verde, y por encima de ella se balanceaban los
interminables cuellos de los dinosaurios.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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