Algún tipo de sustancia de
mantenimiento escapaba por la brecha del armazón cromado. El fluido resbalaba a
lo largo del torso, severamente deformado por las fuerzas gravitatorias y una
violenta colisión. Inservible, y en el límite de su vida útil, el tripulante
había quedado atrapado junto a la unidad motriz de otra máquina, también ya inservible,
también dejada allí a toda prisa. La iluminación dentro del módulo era
inestable; no había datos, no había comunicaciones recorriendo los circuitos
del panel central. Las pantallas se habían apagado y las poderosas computadoras,
sin órdenes que ejecutar, rumiaban el silencio, el silencio dentro de un silencio
todavía más grande. Se repetía una secuencia residual en los bancos de memoria
del tripulante, entremezclada con el canto de las aves. Luego todo se apagó
definitivamente. Después, mucho
después, la vigorosa vegetación irrumpió en el módulo. La selva era
fabulosamente alta, espesa y verde, y por encima de ella se balanceaban los
interminables cuellos de los dinosaurios.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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