Algún tipo de sustancia de
mantenimiento escapaba por la brecha del armazón cromado. El fluido resbalaba a
lo largo del torso, severamente deformado por las fuerzas gravitatorias y una
violenta colisión. Inservible, y en el límite de su vida útil, el tripulante
había quedado atrapado junto a la unidad motriz de otra máquina, también ya inservible,
también dejada allí a toda prisa. La iluminación dentro del módulo era
inestable; no había datos, no había comunicaciones recorriendo los circuitos
del panel central. Las pantallas se habían apagado y las poderosas computadoras,
sin órdenes que ejecutar, rumiaban el silencio, el silencio dentro de un silencio
todavía más grande. Se repetía una secuencia residual en los bancos de memoria
del tripulante, entremezclada con el canto de las aves. Luego todo se apagó
definitivamente. Después, mucho
después, la vigorosa vegetación irrumpió en el módulo. La selva era
fabulosamente alta, espesa y verde, y por encima de ella se balanceaban los
interminables cuellos de los dinosaurios.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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