Siempre llegaba a tiempo, hasta que dejó de hacerlo. Desbarató su
reloj de bolsillo quitándole las horas y los compromisos. Todo era ayer y mañana
y ahora, de una sola vez; un mismo momento en el interior de una esfera de
cristal. Era un vacío perfecto conducido por una pequeña maquinaria de la que no sabía si funcionaba o por el contrario se había detenido. Acercaba
su larga oreja, hoy sí, creo que funciona; pero otros días era un no, hoy no,
hoy se paró. En cualquier caso, ya no le importaba. Era feliz con su bóveda
acristalada sin nada dentro. Si aquello era un desvarío no estaba claro, aunque
allí estaban todos locos. Le he quitado las horas, decía con naturalidad, sorbiendo
de su taza de té, descansando por fin en su sillón de terciopelo verde,
aliviado de no tener que ir siempre con prisas.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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