Siempre llegaba a tiempo, hasta que dejó de hacerlo. Desbarató su
reloj de bolsillo quitándole las horas y los compromisos. Todo era ayer y mañana
y ahora, de una sola vez; un mismo momento en el interior de una esfera de
cristal. Era un vacío perfecto conducido por una pequeña maquinaria de la que no sabía si funcionaba o por el contrario se había detenido. Acercaba
su larga oreja, hoy sí, creo que funciona; pero otros días era un no, hoy no,
hoy se paró. En cualquier caso, ya no le importaba. Era feliz con su bóveda
acristalada sin nada dentro. Si aquello era un desvarío no estaba claro, aunque
allí estaban todos locos. Le he quitado las horas, decía con naturalidad, sorbiendo
de su taza de té, descansando por fin en su sillón de terciopelo verde,
aliviado de no tener que ir siempre con prisas.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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