Siempre llegaba a tiempo, hasta que dejó de hacerlo. Desbarató su
reloj de bolsillo quitándole las horas y los compromisos. Todo era ayer y mañana
y ahora, de una sola vez; un mismo momento en el interior de una esfera de
cristal. Era un vacío perfecto conducido por una pequeña maquinaria de la que no sabía si funcionaba o por el contrario se había detenido. Acercaba
su larga oreja, hoy sí, creo que funciona; pero otros días era un no, hoy no,
hoy se paró. En cualquier caso, ya no le importaba. Era feliz con su bóveda
acristalada sin nada dentro. Si aquello era un desvarío no estaba claro, aunque
allí estaban todos locos. Le he quitado las horas, decía con naturalidad, sorbiendo
de su taza de té, descansando por fin en su sillón de terciopelo verde,
aliviado de no tener que ir siempre con prisas.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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