La luz del sol juega con su pelo,
con los jirones de pelo que todavía se aferran a la calavera que descarnaron
buitres y alimañas, que ahora descansan escondidas en la sombra de sus oscuras
madrigueras. Los huesos mondados y blanquecinos apenas sujetan los retales de
ropa, pero en un bolsillo todavía queda un plano deshecho sin nombres ni rutas
y entre sus dobleces finísimo oro mezclado con tierra, polvo, y con la promesa
casi ilegible, si Dios quiere, siempre
tuyo, de un próspero retorno.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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