La luz del sol juega con su pelo,
con los jirones de pelo que todavía se aferran a la calavera que descarnaron
buitres y alimañas, que ahora descansan escondidas en la sombra de sus oscuras
madrigueras. Los huesos mondados y blanquecinos apenas sujetan los retales de
ropa, pero en un bolsillo todavía queda un plano deshecho sin nombres ni rutas
y entre sus dobleces finísimo oro mezclado con tierra, polvo, y con la promesa
casi ilegible, si Dios quiere, siempre
tuyo, de un próspero retorno.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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