Mientras hacíamos cola pensé que
no llegábamos, pero a pesar de todo conseguimos entrar a tiempo. Dentro, los altavoces
repetían un mensaje grabado, hay sitio para todos, mientras el sonido de la
corriente circulaba torpemente por el cableado, igual que un luminoso mal
encendido. Así fuimos pasando a través de puertas, tornos giratorios y
distintas salas. La voz metálica nos guió hasta los andenes, allí nos
distribuyeron en un par de filas y embarcamos en dos larguísimos ferrocarriles
de los que era imposible ver la maquinaria. Una vez bien acomodados, ambos se
pusieron en marcha. Durante largo rato discurrieron a la par, hasta que el
convoy de los justos se dirigió hacia lo alto de una cadena de azuladas
cordilleras, adioooós, y sacaban pañuelos y guitarras por las
ventanillas; nosotros sin embargo nos precipitábamos vertiginosamente hacia un
valle profundo y humeante, entre visiones, truenos, y una tormenta de fuego.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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