Mientras hacíamos cola pensé que
no llegábamos, pero a pesar de todo conseguimos entrar a tiempo. Dentro, los altavoces
repetían un mensaje grabado, hay sitio para todos, mientras el sonido de la
corriente circulaba torpemente por el cableado, igual que un luminoso mal
encendido. Así fuimos pasando a través de puertas, tornos giratorios y
distintas salas. La voz metálica nos guió hasta los andenes, allí nos
distribuyeron en un par de filas y embarcamos en dos larguísimos ferrocarriles
de los que era imposible ver la maquinaria. Una vez bien acomodados, ambos se
pusieron en marcha. Durante largo rato discurrieron a la par, hasta que el
convoy de los justos se dirigió hacia lo alto de una cadena de azuladas
cordilleras, adioooós, y sacaban pañuelos y guitarras por las
ventanillas; nosotros sin embargo nos precipitábamos vertiginosamente hacia un
valle profundo y humeante, entre visiones, truenos, y una tormenta de fuego.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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