Mientras hacíamos cola pensé que
no llegábamos, pero a pesar de todo conseguimos entrar a tiempo. Dentro, los altavoces
repetían un mensaje grabado, hay sitio para todos, mientras el sonido de la
corriente circulaba torpemente por el cableado, igual que un luminoso mal
encendido. Así fuimos pasando a través de puertas, tornos giratorios y
distintas salas. La voz metálica nos guió hasta los andenes, allí nos
distribuyeron en un par de filas y embarcamos en dos larguísimos ferrocarriles
de los que era imposible ver la maquinaria. Una vez bien acomodados, ambos se
pusieron en marcha. Durante largo rato discurrieron a la par, hasta que el
convoy de los justos se dirigió hacia lo alto de una cadena de azuladas
cordilleras, adioooós, y sacaban pañuelos y guitarras por las
ventanillas; nosotros sin embargo nos precipitábamos vertiginosamente hacia un
valle profundo y humeante, entre visiones, truenos, y una tormenta de fuego.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
Comentarios
Publicar un comentario