Mientras hacíamos cola pensé que
no llegábamos, pero a pesar de todo conseguimos entrar a tiempo. Dentro, los altavoces
repetían un mensaje grabado, hay sitio para todos, mientras el sonido de la
corriente circulaba torpemente por el cableado, igual que un luminoso mal
encendido. Así fuimos pasando a través de puertas, tornos giratorios y
distintas salas. La voz metálica nos guió hasta los andenes, allí nos
distribuyeron en un par de filas y embarcamos en dos larguísimos ferrocarriles
de los que era imposible ver la maquinaria. Una vez bien acomodados, ambos se
pusieron en marcha. Durante largo rato discurrieron a la par, hasta que el
convoy de los justos se dirigió hacia lo alto de una cadena de azuladas
cordilleras, adioooós, y sacaban pañuelos y guitarras por las
ventanillas; nosotros sin embargo nos precipitábamos vertiginosamente hacia un
valle profundo y humeante, entre visiones, truenos, y una tormenta de fuego.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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