Escondido tras la cortina se encontraba
el paraíso. Un ujier mayor, de uniforme azul, botonadura dorada y gorra con
visera negra a juego; un viejo que ni comía ni dormía y que amontonaba colillas
delante de sus zapatos vigilaba que nadie pudiera asomarse. Fumaba, leía las
noticias y si tenía el día bueno, escogía a cualquiera del foso y le dejaba palpar
a ciegas. En la otra mitad lo recibían a golpetazos y rápidamente encogía los
brazos; el viejo entonces, como en un chiste, lo mandaba rodando de vuelta al
foso. Desde el otro lado del telón asomaron
un día unas manos. Palparon el vacío durante unos segundos. El ujier las siguió
con la mirada y las golpeó con el periódico. Desaparecieron rápidamente. En el
foso, la orquesta muda siguió tocando sin descanso. El infierno era todo, eran
todos.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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