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Dios también fuma

Escondido tras la cortina se encontraba el paraíso. Un ujier mayor, de uniforme azul, botonadura dorada y gorra con visera negra a juego; un viejo que ni comía ni dormía y que amontonaba colillas delante de sus zapatos vigilaba que nadie pudiera asomarse. Fumaba, leía las noticias y si tenía el día bueno, escogía a cualquiera del foso y le dejaba palpar a ciegas. En la otra mitad lo recibían a golpetazos y rápidamente encogía los brazos; el viejo entonces, como en un chiste, lo mandaba rodando de vuelta al foso. Desde el otro lado del telón asomaron un día unas manos. Palparon el vacío durante unos segundos. El ujier las siguió con la mirada y las golpeó con el periódico. Desaparecieron rápidamente. En el foso, la orquesta muda siguió tocando sin descanso. El infierno era todo, eran todos.

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Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.