Escondido tras la cortina se encontraba
el paraíso. Un ujier mayor, de uniforme azul, botonadura dorada y gorra con
visera negra a juego; un viejo que ni comía ni dormía y que amontonaba colillas
delante de sus zapatos vigilaba que nadie pudiera asomarse. Fumaba, leía las
noticias y si tenía el día bueno, escogía a cualquiera del foso y le dejaba palpar
a ciegas. En la otra mitad lo recibían a golpetazos y rápidamente encogía los
brazos; el viejo entonces, como en un chiste, lo mandaba rodando de vuelta al
foso. Desde el otro lado del telón asomaron
un día unas manos. Palparon el vacío durante unos segundos. El ujier las siguió
con la mirada y las golpeó con el periódico. Desaparecieron rápidamente. En el
foso, la orquesta muda siguió tocando sin descanso. El infierno era todo, eran
todos.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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