Escondido tras la cortina se encontraba
el paraíso. Un ujier mayor, de uniforme azul, botonadura dorada y gorra con
visera negra a juego; un viejo que ni comía ni dormía y que amontonaba colillas
delante de sus zapatos vigilaba que nadie pudiera asomarse. Fumaba, leía las
noticias y si tenía el día bueno, escogía a cualquiera del foso y le dejaba palpar
a ciegas. En la otra mitad lo recibían a golpetazos y rápidamente encogía los
brazos; el viejo entonces, como en un chiste, lo mandaba rodando de vuelta al
foso. Desde el otro lado del telón asomaron
un día unas manos. Palparon el vacío durante unos segundos. El ujier las siguió
con la mirada y las golpeó con el periódico. Desaparecieron rápidamente. En el
foso, la orquesta muda siguió tocando sin descanso. El infierno era todo, eran
todos.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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