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Dios también fuma

Escondido tras la cortina se encontraba el paraíso. Un ujier mayor, de uniforme azul, botonadura dorada y gorra con visera negra a juego; un viejo que ni comía ni dormía y que amontonaba colillas delante de sus zapatos vigilaba que nadie pudiera asomarse. Fumaba, leía las noticias y si tenía el día bueno, escogía a cualquiera del foso y le dejaba palpar a ciegas. En la otra mitad lo recibían a golpetazos y rápidamente encogía los brazos; el viejo entonces, como en un chiste, lo mandaba rodando de vuelta al foso. Desde el otro lado del telón asomaron un día unas manos. Palparon el vacío durante unos segundos. El ujier las siguió con la mirada y las golpeó con el periódico. Desaparecieron rápidamente. En el foso, la orquesta muda siguió tocando sin descanso. El infierno era todo, eran todos.

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