Mr. Hyde apuró el último sorbo y
apagó el cigarrillo en el pecho de una cualquiera. La noche americana descendía
sobre Los Angeles; en un hotel, la luz del pasillo iluminó la desnudez de los
cuerpos abandonados al sueño. El Dr. Jekyll salió aseado y bien peinado. Tenía
un aspecto realmente pulcro. Recogió un perro abandonado en la calle que subió
a escondidas hasta su Corvette rojo. Sin pasar de treinta, y respetando todos
los semáforos, llegó hasta su apartamento. Una cascada de placer corrió por su
espalda al regar las plantas. No era suficiente. Necesitaba más. Horneó un
bizcocho. Se calzó unas pantuflas. Escuchó la radio. Casi perdió el
conocimiento. Sin tiempo, abandonó aquel cuchitril de corrupción moral a
hurtadillas, como un criminal. Al llegar al hotel orinó en el pasillo. Apartó a
una fulana de la cama y se encendió una pipa de crack; qué asco de vida.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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