Mr. Hyde apuró el último sorbo y
apagó el cigarrillo en el pecho de una cualquiera. La noche americana descendía
sobre Los Angeles; en un hotel, la luz del pasillo iluminó la desnudez de los
cuerpos abandonados al sueño. El Dr. Jekyll salió aseado y bien peinado. Tenía
un aspecto realmente pulcro. Recogió un perro abandonado en la calle que subió
a escondidas hasta su Corvette rojo. Sin pasar de treinta, y respetando todos
los semáforos, llegó hasta su apartamento. Una cascada de placer corrió por su
espalda al regar las plantas. No era suficiente. Necesitaba más. Horneó un
bizcocho. Se calzó unas pantuflas. Escuchó la radio. Casi perdió el
conocimiento. Sin tiempo, abandonó aquel cuchitril de corrupción moral a
hurtadillas, como un criminal. Al llegar al hotel orinó en el pasillo. Apartó a
una fulana de la cama y se encendió una pipa de crack; qué asco de vida.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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