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Dr Jekyll, supongo


Mr. Hyde apuró el último sorbo y apagó el cigarrillo en el pecho de una cualquiera. La noche americana descendía sobre Los Angeles; en un hotel, la luz del pasillo iluminó la desnudez de los cuerpos abandonados al sueño. El Dr. Jekyll salió aseado y bien peinado. Tenía un aspecto realmente pulcro. Recogió un perro abandonado en la calle que subió a escondidas hasta su Corvette rojo. Sin pasar de treinta, y respetando todos los semáforos, llegó hasta su apartamento. Una cascada de placer corrió por su espalda al regar las plantas. No era suficiente. Necesitaba más. Horneó un bizcocho. Se calzó unas pantuflas. Escuchó la radio. Casi perdió el conocimiento. Sin tiempo, abandonó aquel cuchitril de corrupción moral a hurtadillas, como un criminal. Al llegar al hotel orinó en el pasillo. Apartó a una fulana de la cama y se encendió una pipa de crack; qué asco de vida.

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