No había nadie al otro lado de la
línea; tampoco en éste. Nadie dirigía los controles, aun así podía
seguir viendo en la cúpula estrellas y órbitas, todos los días, a cualquier hora.
Especialmente me gustaba hundirme en las butacas del planetario, prácticamente
a oscuras. Podía llevarme comida, quitarme los tacones y poner los pies encima
de la butaca delantera, echar una siesta o meterme mano absorta por completo en
cualquier nebulosa de la galaxia. Los lobos nunca entraban en el planetario.
Merodeaban al anochecer, desorientados, por las calles desiertas, dentro de los
museos y aullando a las puertas de los ministerios. Pero el tiempo acabó
silenciándolos; toda la ciudad se hundió en el silencio, sin pájaros ni
motores, sólo ráfagas de viento o alguna
lluvia caprichosa. Cuando terminé apenas reconocí al viejo Londinium. El
Támesis desde lo alto de San Pablo, qué bonito crepúsculo sin nadie para
contemplarlo. Llevó unos cuantos años vaciarlo todo, ese era mi encargo. Apagué
el planetario y descolgué el teléfono, la voz al otro lado me dijo: buen
trabajo.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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