No había nadie al otro lado de la
línea; tampoco en éste. Nadie dirigía los controles, aun así podía
seguir viendo en la cúpula estrellas y órbitas, todos los días, a cualquier hora.
Especialmente me gustaba hundirme en las butacas del planetario, prácticamente
a oscuras. Podía llevarme comida, quitarme los tacones y poner los pies encima
de la butaca delantera, echar una siesta o meterme mano absorta por completo en
cualquier nebulosa de la galaxia. Los lobos nunca entraban en el planetario.
Merodeaban al anochecer, desorientados, por las calles desiertas, dentro de los
museos y aullando a las puertas de los ministerios. Pero el tiempo acabó
silenciándolos; toda la ciudad se hundió en el silencio, sin pájaros ni
motores, sólo ráfagas de viento o alguna
lluvia caprichosa. Cuando terminé apenas reconocí al viejo Londinium. El
Támesis desde lo alto de San Pablo, qué bonito crepúsculo sin nadie para
contemplarlo. Llevó unos cuantos años vaciarlo todo, ese era mi encargo. Apagué
el planetario y descolgué el teléfono, la voz al otro lado me dijo: buen
trabajo.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
Comentarios
Publicar un comentario