No había nadie al otro lado de la
línea; tampoco en éste. Nadie dirigía los controles, aun así podía
seguir viendo en la cúpula estrellas y órbitas, todos los días, a cualquier hora.
Especialmente me gustaba hundirme en las butacas del planetario, prácticamente
a oscuras. Podía llevarme comida, quitarme los tacones y poner los pies encima
de la butaca delantera, echar una siesta o meterme mano absorta por completo en
cualquier nebulosa de la galaxia. Los lobos nunca entraban en el planetario.
Merodeaban al anochecer, desorientados, por las calles desiertas, dentro de los
museos y aullando a las puertas de los ministerios. Pero el tiempo acabó
silenciándolos; toda la ciudad se hundió en el silencio, sin pájaros ni
motores, sólo ráfagas de viento o alguna
lluvia caprichosa. Cuando terminé apenas reconocí al viejo Londinium. El
Támesis desde lo alto de San Pablo, qué bonito crepúsculo sin nadie para
contemplarlo. Llevó unos cuantos años vaciarlo todo, ese era mi encargo. Apagué
el planetario y descolgué el teléfono, la voz al otro lado me dijo: buen
trabajo.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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