No había nadie al otro lado de la
línea; tampoco en éste. Nadie dirigía los controles, aun así podía
seguir viendo en la cúpula estrellas y órbitas, todos los días, a cualquier hora.
Especialmente me gustaba hundirme en las butacas del planetario, prácticamente
a oscuras. Podía llevarme comida, quitarme los tacones y poner los pies encima
de la butaca delantera, echar una siesta o meterme mano absorta por completo en
cualquier nebulosa de la galaxia. Los lobos nunca entraban en el planetario.
Merodeaban al anochecer, desorientados, por las calles desiertas, dentro de los
museos y aullando a las puertas de los ministerios. Pero el tiempo acabó
silenciándolos; toda la ciudad se hundió en el silencio, sin pájaros ni
motores, sólo ráfagas de viento o alguna
lluvia caprichosa. Cuando terminé apenas reconocí al viejo Londinium. El
Támesis desde lo alto de San Pablo, qué bonito crepúsculo sin nadie para
contemplarlo. Llevó unos cuantos años vaciarlo todo, ese era mi encargo. Apagué
el planetario y descolgué el teléfono, la voz al otro lado me dijo: buen
trabajo.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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