Sus ojos se volvieron hacia ella,
pero no había ella. Durante unos segundos su aroma flotó en el aire. Luego
desapareció sin dejar rastro. Empezó a suceder muchas veces, en lugares
diferentes, a cualquier hora y sin un motivo comprensible. Así nació en la
ciudad la primera, y única de la que se tenga noticia, Sociedad del Aroma.
Allí, con discreción, se reunían los solitarios a tomar la fragancia. No
existía método ni ritual, sólo esperaban. El aroma aparecía sin ser llamado,
llegaba desde la nada y por un momento lo impregnaba todo, entonces cerraban
los ojos y estiraban la nariz. El mundo tangible, tan colmado de olores, era
incapaz de producir ese aroma particular que le hablaba a cada uno según su
falta. Con el tiempo, a fuerza de rellenar esa ausencia el aroma los convertía
en adictos. Se apocaban, perdían la fuerza; la ensoñación los hacía
translucidos hasta llegar poco a poco a la transparencia. Y así dejaban de ser
visibles para el resto; desaparecían hasta que alguien, un día cualquiera,
percibía su aroma.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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