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El aroma


Sus ojos se volvieron hacia ella, pero no había ella. Durante unos segundos su aroma flotó en el aire. Luego desapareció sin dejar rastro. Empezó a suceder muchas veces, en lugares diferentes, a cualquier hora y sin un motivo comprensible. Así nació en la ciudad la primera, y única de la que se tenga noticia, Sociedad del Aroma. Allí, con discreción, se reunían los solitarios a tomar la fragancia. No existía método ni ritual, sólo esperaban. El aroma aparecía sin ser llamado, llegaba desde la nada y por un momento lo impregnaba todo, entonces cerraban los ojos y estiraban la nariz. El mundo tangible, tan colmado de olores, era incapaz de producir ese aroma particular que le hablaba a cada uno según su falta. Con el tiempo, a fuerza de rellenar esa ausencia el aroma los convertía en adictos. Se apocaban, perdían la fuerza; la ensoñación los hacía translucidos hasta llegar poco a poco a la transparencia. Y así dejaban de ser visibles para el resto; desaparecían hasta que alguien, un día cualquiera, percibía su aroma.

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