Sus ojos se volvieron hacia ella,
pero no había ella. Durante unos segundos su aroma flotó en el aire. Luego
desapareció sin dejar rastro. Empezó a suceder muchas veces, en lugares
diferentes, a cualquier hora y sin un motivo comprensible. Así nació en la
ciudad la primera, y única de la que se tenga noticia, Sociedad del Aroma.
Allí, con discreción, se reunían los solitarios a tomar la fragancia. No
existía método ni ritual, sólo esperaban. El aroma aparecía sin ser llamado,
llegaba desde la nada y por un momento lo impregnaba todo, entonces cerraban
los ojos y estiraban la nariz. El mundo tangible, tan colmado de olores, era
incapaz de producir ese aroma particular que le hablaba a cada uno según su
falta. Con el tiempo, a fuerza de rellenar esa ausencia el aroma los convertía
en adictos. Se apocaban, perdían la fuerza; la ensoñación los hacía
translucidos hasta llegar poco a poco a la transparencia. Y así dejaban de ser
visibles para el resto; desaparecían hasta que alguien, un día cualquiera,
percibía su aroma.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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