Sus ojos se volvieron hacia ella,
pero no había ella. Durante unos segundos su aroma flotó en el aire. Luego
desapareció sin dejar rastro. Empezó a suceder muchas veces, en lugares
diferentes, a cualquier hora y sin un motivo comprensible. Así nació en la
ciudad la primera, y única de la que se tenga noticia, Sociedad del Aroma.
Allí, con discreción, se reunían los solitarios a tomar la fragancia. No
existía método ni ritual, sólo esperaban. El aroma aparecía sin ser llamado,
llegaba desde la nada y por un momento lo impregnaba todo, entonces cerraban
los ojos y estiraban la nariz. El mundo tangible, tan colmado de olores, era
incapaz de producir ese aroma particular que le hablaba a cada uno según su
falta. Con el tiempo, a fuerza de rellenar esa ausencia el aroma los convertía
en adictos. Se apocaban, perdían la fuerza; la ensoñación los hacía
translucidos hasta llegar poco a poco a la transparencia. Y así dejaban de ser
visibles para el resto; desaparecían hasta que alguien, un día cualquiera,
percibía su aroma.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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