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El bosque de Isuzu

Tenía la extraña sensación ante el bosque de Isuzu. Podía evitar la ruta, pero suponía varios días de retraso, y al otro lado esperaban órdenes del shogun para apaciguar el levantamiento. Ante la entrada de Isuzu el samurai se vendó los ojos y tomó la cuerda que lo guiaría hasta la salida del bosque. Takeshi no debía soltarla, ni tratar de ver la milenaria arboleda. Con los primeros pasos sintió el silencio de Isuzu; un tupido manto lo cubría y lo preservaba del mundo.

Fueron muchas horas a ciegas hasta llegar al final de la espesura y desde allí se dirigió galopando al poblado. Una flecha perdida se alojó en la garganta del samurai y su vida no tardó en esfumarse entre el humo de la revuelta. Un murmullo recorrió el bosque. Al abrir los ojos Takeshi vio la cuerda entre los cedros, y ciervos y faisanes. Nunca más podría salir de Isuzu.

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Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.