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El bosque de Isuzu

Tenía la extraña sensación ante el bosque de Isuzu. Podía evitar la ruta, pero suponía varios días de retraso, y al otro lado esperaban órdenes del shogun para apaciguar el levantamiento. Ante la entrada de Isuzu el samurai se vendó los ojos y tomó la cuerda que lo guiaría hasta la salida del bosque. Takeshi no debía soltarla, ni tratar de ver la milenaria arboleda. Con los primeros pasos sintió el silencio de Isuzu; un tupido manto lo cubría y lo preservaba del mundo.

Fueron muchas horas a ciegas hasta llegar al final de la espesura y desde allí se dirigió galopando al poblado. Una flecha perdida se alojó en la garganta del samurai y su vida no tardó en esfumarse entre el humo de la revuelta. Un murmullo recorrió el bosque. Al abrir los ojos Takeshi vio la cuerda entre los cedros, y ciervos y faisanes. Nunca más podría salir de Isuzu.

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Sueños al vacío

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La cronófaga y la pila de ropa

  Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.

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