La temperatura no dejaba de
aumentar; la noche era sofocante y la fiebre lo consumía. En la espesura
resonaba la cadencia de los tambores que marcaban un ritmo ancestral. La jungla
palpitaba a su ritmo creando un siniestro latido, y con cada repetición la maldad
penetraba un poco más en su interior. Un séquito de hombres picudos lo llevaron
hacia el centro del poblado, allí yacía una larga fila de bueyes sacrificados sobre un barrizal de arena y sangre. El hombre emplumado le hizo
beber aquella sangre oscura y espesa, pero la vomitó y recibió un golpe seco que lo tumbó. El fuego de la
enorme pira le quemaba la cara. Los hombres picudos lo levantaron y los
tambores enmudecieron. Un segundo golpe abrió su pecho, que sonó igual que un
viejo cascarón reseco al quebrarse. El corazón vivo regresó a la noche de los
tiempos, mientras su alma se hundía en un abismo.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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