La temperatura no dejaba de
aumentar; la noche era sofocante y la fiebre lo consumía. En la espesura
resonaba la cadencia de los tambores que marcaban un ritmo ancestral. La jungla
palpitaba a su ritmo creando un siniestro latido, y con cada repetición la maldad
penetraba un poco más en su interior. Un séquito de hombres picudos lo llevaron
hacia el centro del poblado, allí yacía una larga fila de bueyes sacrificados sobre un barrizal de arena y sangre. El hombre emplumado le hizo
beber aquella sangre oscura y espesa, pero la vomitó y recibió un golpe seco que lo tumbó. El fuego de la
enorme pira le quemaba la cara. Los hombres picudos lo levantaron y los
tambores enmudecieron. Un segundo golpe abrió su pecho, que sonó igual que un
viejo cascarón reseco al quebrarse. El corazón vivo regresó a la noche de los
tiempos, mientras su alma se hundía en un abismo.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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