La temperatura no dejaba de
aumentar; la noche era sofocante y la fiebre lo consumía. En la espesura
resonaba la cadencia de los tambores que marcaban un ritmo ancestral. La jungla
palpitaba a su ritmo creando un siniestro latido, y con cada repetición la maldad
penetraba un poco más en su interior. Un séquito de hombres picudos lo llevaron
hacia el centro del poblado, allí yacía una larga fila de bueyes sacrificados sobre un barrizal de arena y sangre. El hombre emplumado le hizo
beber aquella sangre oscura y espesa, pero la vomitó y recibió un golpe seco que lo tumbó. El fuego de la
enorme pira le quemaba la cara. Los hombres picudos lo levantaron y los
tambores enmudecieron. Un segundo golpe abrió su pecho, que sonó igual que un
viejo cascarón reseco al quebrarse. El corazón vivo regresó a la noche de los
tiempos, mientras su alma se hundía en un abismo.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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