Esta noche, después de cenar, he
subido al estudio. He seguido subiendo
y he dejado el estudio atrás. He vagado a oscuras por estrechos pasillos
que conducían a escaleras y más escaleras. He pasado por puertas cerradas
durante años que temblaban y crujían con violencia, pero que enmudecían cuando
me acercaba. He subido y subido hasta donde ya no habían ni paredes ni puertas.
Desde allí arriba todo era lejano y diminuto. Y he seguido subiendo, cada vez
más ligero, sabiendo que ya nunca podría bajar.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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