Esta noche, después de cenar, he
subido al estudio. He seguido subiendo
y he dejado el estudio atrás. He vagado a oscuras por estrechos pasillos
que conducían a escaleras y más escaleras. He pasado por puertas cerradas
durante años que temblaban y crujían con violencia, pero que enmudecían cuando
me acercaba. He subido y subido hasta donde ya no habían ni paredes ni puertas.
Desde allí arriba todo era lejano y diminuto. Y he seguido subiendo, cada vez
más ligero, sabiendo que ya nunca podría bajar.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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