Esta noche, después de cenar, he
subido al estudio. He seguido subiendo
y he dejado el estudio atrás. He vagado a oscuras por estrechos pasillos
que conducían a escaleras y más escaleras. He pasado por puertas cerradas
durante años que temblaban y crujían con violencia, pero que enmudecían cuando
me acercaba. He subido y subido hasta donde ya no habían ni paredes ni puertas.
Desde allí arriba todo era lejano y diminuto. Y he seguido subiendo, cada vez
más ligero, sabiendo que ya nunca podría bajar.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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