Con las yemas de los dedos
recorrió los cascabeles de su gorro mientras se miraba en el espejo. Sin duda
era un gorro enorme para un hombrecillo tan pequeño, deforme y malhumorado. Era
un gorro que siempre se caía con las cabriolas y las volteretas. Pero sobre
todo era un gorro delator. Cuando el amo durmiera sacaría la pequeña daga
envenenada de la manga; sí, de la manga; sí, del ajustado traje carmesí que
ceñía su joroba, y rebanaría su gaznate, y vengaría a su estirpe, y huiría
galopando al campamento de los gitanos a lomos de uno de los mastines.
Aunque no sería aquella noche, porque tras un sonoro eructo se escuchó:
— Bufón, deja de mirarte. Ponte el gorro y baila.
Aunque no sería aquella noche, porque tras un sonoro eructo se escuchó:
— Bufón, deja de mirarte. Ponte el gorro y baila.
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