Llevaba una bufanda marrón y un
plátano en el bolsillo. Podía vérsele muy temprano por las mañanas antes de que
el sol despuntara, entregado en
silencio a la oración. Tiempo atrás la humanidad enmudeció cuando Dios habló
por su boca; por boca de un chimpancé enjaulado en un laboratorio de cosméticos
de El Congo. Era mucho más que un milagro: lo era todo. Dios habló sin descanso
durante meses en todas las lenguas, día y noche. El mundo hizo crack por un
instante y durante una temporada dudó
receloso para luego retomar su marcha. No había truco ni burla; el chimpancé
era real: la voz era verdad. Todo fue retransmitido por cable, con anuncios,
camisetas, patrocinadores y encendidos debates entre exégetas, teólogos y
celebridades. Vistieron al primate con algo de ropa para adecentarlo, al
principio con prendas sencillas y más tarde con una pequeña túnica blanca con
los símbolos cristianos bordados en hilo dorado. Le enseñaron a permanecer en
un estado de introspección muy parecido al rezo, pero el chimpancé confinado en
el Vaticano tan sólo imitaba a sus cuidadores. Las cámaras lo seguían a todas horas,
y al igual que un concurso televisado los espectadores se contaban por
millones. En el plazo de unos meses se escribieron varios libros, rodaron una
serie por capítulos, una telenovela y un par de largometrajes. Pero el chimpancé
nunca volvería a decir nada; Dios callaría para siempre.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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