Llevaba una bufanda marrón y un
plátano en el bolsillo. Podía vérsele muy temprano por las mañanas antes de que
el sol despuntara, entregado en
silencio a la oración. Tiempo atrás la humanidad enmudeció cuando Dios habló
por su boca; por boca de un chimpancé enjaulado en un laboratorio de cosméticos
de El Congo. Era mucho más que un milagro: lo era todo. Dios habló sin descanso
durante meses en todas las lenguas, día y noche. El mundo hizo crack por un
instante y durante una temporada dudó
receloso para luego retomar su marcha. No había truco ni burla; el chimpancé
era real: la voz era verdad. Todo fue retransmitido por cable, con anuncios,
camisetas, patrocinadores y encendidos debates entre exégetas, teólogos y
celebridades. Vistieron al primate con algo de ropa para adecentarlo, al
principio con prendas sencillas y más tarde con una pequeña túnica blanca con
los símbolos cristianos bordados en hilo dorado. Le enseñaron a permanecer en
un estado de introspección muy parecido al rezo, pero el chimpancé confinado en
el Vaticano tan sólo imitaba a sus cuidadores. Las cámaras lo seguían a todas horas,
y al igual que un concurso televisado los espectadores se contaban por
millones. En el plazo de unos meses se escribieron varios libros, rodaron una
serie por capítulos, una telenovela y un par de largometrajes. Pero el chimpancé
nunca volvería a decir nada; Dios callaría para siempre.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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