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El mensaje


Llevaba una bufanda marrón y un plátano en el bolsillo. Podía vérsele muy temprano por las mañanas antes de que el sol despuntara,  entregado en silencio a la oración. Tiempo atrás la humanidad enmudeció cuando Dios habló por su boca; por boca de un chimpancé enjaulado en un laboratorio de cosméticos de El Congo. Era mucho más que un milagro: lo era todo. Dios habló sin descanso durante meses en todas las lenguas, día y noche. El mundo hizo crack por un instante y durante  una temporada dudó receloso para luego retomar su marcha. No había truco ni burla; el chimpancé era real: la voz era verdad. Todo fue retransmitido por cable, con anuncios, camisetas, patrocinadores y encendidos debates entre exégetas, teólogos y celebridades. Vistieron al primate con algo de ropa para adecentarlo, al principio con prendas sencillas y más tarde con una pequeña túnica blanca con los símbolos cristianos bordados en hilo dorado. Le enseñaron a permanecer en un estado de introspección muy parecido al rezo, pero el chimpancé confinado en el Vaticano tan sólo imitaba a sus cuidadores. Las cámaras lo seguían a todas horas, y al igual que un concurso televisado los espectadores se contaban por millones. En el plazo de unos meses se escribieron varios libros, rodaron una serie por capítulos, una telenovela y un par de largometrajes. Pero el chimpancé nunca volvería a decir nada; Dios callaría para siempre.

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Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.