La puerta del 3ºB estaba
reventada; es lo primero que vi al salir del ascensor. Los pequeños restos de
madera crujían bajo mis botas. Su sonido me recordó a los cuellos de aquellos
siete infelices quebrándose entre mis manos. Se vinieron conmigo, bajo mi capa,
uno por uno, mientras dormían. Las viejas matronas ni se enteraron gracias al
láudano. Tuvieron que echar la puerta abajo para despertarlas. Pero ellos se
portaron como angelitos, ni un quejido; nada. Bajé a trompicones, poseído,
riendo y aullando, golpeando las paredes con mi bastón mientras gritaba y
maldecía. La sangre me ardía. En el zaguán del pabellón de maternidad me
detuve en seco y miré con recelo. La luna llena iluminaba el vestíbulo.
Acurrucado tras la bancada me llevé la mano al bolsillo del gabán. Al tocarlos
con los dedos me invadió un creciente y gozoso éxtasis; los siete pequeños
corazoncitos seguían allí, palpitando.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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