La puerta del 3ºB estaba
reventada; es lo primero que vi al salir del ascensor. Los pequeños restos de
madera crujían bajo mis botas. Su sonido me recordó a los cuellos de aquellos
siete infelices quebrándose entre mis manos. Se vinieron conmigo, bajo mi capa,
uno por uno, mientras dormían. Las viejas matronas ni se enteraron gracias al
láudano. Tuvieron que echar la puerta abajo para despertarlas. Pero ellos se
portaron como angelitos, ni un quejido; nada. Bajé a trompicones, poseído,
riendo y aullando, golpeando las paredes con mi bastón mientras gritaba y
maldecía. La sangre me ardía. En el zaguán del pabellón de maternidad me
detuve en seco y miré con recelo. La luna llena iluminaba el vestíbulo.
Acurrucado tras la bancada me llevé la mano al bolsillo del gabán. Al tocarlos
con los dedos me invadió un creciente y gozoso éxtasis; los siete pequeños
corazoncitos seguían allí, palpitando.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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