La puerta del 3ºB estaba
reventada; es lo primero que vi al salir del ascensor. Los pequeños restos de
madera crujían bajo mis botas. Su sonido me recordó a los cuellos de aquellos
siete infelices quebrándose entre mis manos. Se vinieron conmigo, bajo mi capa,
uno por uno, mientras dormían. Las viejas matronas ni se enteraron gracias al
láudano. Tuvieron que echar la puerta abajo para despertarlas. Pero ellos se
portaron como angelitos, ni un quejido; nada. Bajé a trompicones, poseído,
riendo y aullando, golpeando las paredes con mi bastón mientras gritaba y
maldecía. La sangre me ardía. En el zaguán del pabellón de maternidad me
detuve en seco y miré con recelo. La luna llena iluminaba el vestíbulo.
Acurrucado tras la bancada me llevé la mano al bolsillo del gabán. Al tocarlos
con los dedos me invadió un creciente y gozoso éxtasis; los siete pequeños
corazoncitos seguían allí, palpitando.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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