La puerta del 3ºB estaba
reventada; es lo primero que vi al salir del ascensor. Los pequeños restos de
madera crujían bajo mis botas. Su sonido me recordó a los cuellos de aquellos
siete infelices quebrándose entre mis manos. Se vinieron conmigo, bajo mi capa,
uno por uno, mientras dormían. Las viejas matronas ni se enteraron gracias al
láudano. Tuvieron que echar la puerta abajo para despertarlas. Pero ellos se
portaron como angelitos, ni un quejido; nada. Bajé a trompicones, poseído,
riendo y aullando, golpeando las paredes con mi bastón mientras gritaba y
maldecía. La sangre me ardía. En el zaguán del pabellón de maternidad me
detuve en seco y miré con recelo. La luna llena iluminaba el vestíbulo.
Acurrucado tras la bancada me llevé la mano al bolsillo del gabán. Al tocarlos
con los dedos me invadió un creciente y gozoso éxtasis; los siete pequeños
corazoncitos seguían allí, palpitando.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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