Ir al contenido principal

El pabellón Nº 3


La puerta del 3ºB estaba reventada; es lo primero que vi al salir del ascensor. Los pequeños restos de madera crujían bajo mis botas. Su sonido me recordó a los cuellos de aquellos siete infelices quebrándose entre mis manos. Se vinieron conmigo, bajo mi capa, uno por uno, mientras dormían. Las viejas matronas ni se enteraron gracias al láudano. Tuvieron que echar la puerta abajo para despertarlas. Pero ellos se portaron como angelitos, ni un quejido; nada. Bajé a trompicones, poseído, riendo y aullando, golpeando las paredes con mi bastón mientras gritaba y maldecía. La  sangre me ardía. En el zaguán del pabellón de maternidad me detuve en seco y miré con recelo. La luna llena iluminaba el vestíbulo. Acurrucado tras la bancada me llevé la mano al bolsillo del gabán. Al tocarlos con los dedos me invadió un creciente y gozoso éxtasis; los siete pequeños corazoncitos seguían allí, palpitando.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.