Nunca sale de casa y los vecinos
evitan la puerta; le teme a los teléfonos, al deporte y al gobierno. También teme
haber cometido algún crimen, aunque no lo recuerda, para el que ya han
reservado un severo y humillante castigo. Su corazón corre a toda prisa. Vive
en un susto permanente. Se oculta bajo una sábana y repara en algo que dijo
hace diez años, también en algo que le dijeron hace cinco; ya no duerme.
Vueltas y más vueltas. Es cuestión de tiempo que lo descubran ¡Culpable!,
¡Culpable! Arrastra sus cadenas casa arriba y casa abajo y acompaña su condena
de amargos reproches mientras los vecinos tiemblan de miedo. Pero lo cierto es que
nadie le busca, nadie le llama y la casa lleva décadas vacía; bajo la sábana no
hay siquiera un nombre, un código, una letra, un rostro: nada, nadie; tan sólo
el silencio de un secreto.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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