Nunca sale de casa y los vecinos
evitan la puerta; le teme a los teléfonos, al deporte y al gobierno. También teme
haber cometido algún crimen, aunque no lo recuerda, para el que ya han
reservado un severo y humillante castigo. Su corazón corre a toda prisa. Vive
en un susto permanente. Se oculta bajo una sábana y repara en algo que dijo
hace diez años, también en algo que le dijeron hace cinco; ya no duerme.
Vueltas y más vueltas. Es cuestión de tiempo que lo descubran ¡Culpable!,
¡Culpable! Arrastra sus cadenas casa arriba y casa abajo y acompaña su condena
de amargos reproches mientras los vecinos tiemblan de miedo. Pero lo cierto es que
nadie le busca, nadie le llama y la casa lleva décadas vacía; bajo la sábana no
hay siquiera un nombre, un código, una letra, un rostro: nada, nadie; tan sólo
el silencio de un secreto.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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