Cogió papel y boli y se deshizo
de ellos, decidió que nunca más los volvería a utilizar. Vería declinar los
días sin apuntar nada; día gris tras día gris, sin nombres, sin fechas.
Pasarían los meses, las estaciones, los años... y no apuntaría nada. Cerraría los
ojos y se sonreiría, satisfecha, en su mecedora. Allí la vida resplandecería igual
que la primerísima y luminosa página de su cuaderno infantil, sin tachones, sin
renglones torcidos, sin manchas de tinta. No, ya no haría falta volver a
escribir nada. Todo lo importante había sido escrito: era inolvidable.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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