Cogió papel y boli y se deshizo
de ellos, decidió que nunca más los volvería a utilizar. Vería declinar los
días sin apuntar nada; día gris tras día gris, sin nombres, sin fechas.
Pasarían los meses, las estaciones, los años... y no apuntaría nada. Cerraría los
ojos y se sonreiría, satisfecha, en su mecedora. Allí la vida resplandecería igual
que la primerísima y luminosa página de su cuaderno infantil, sin tachones, sin
renglones torcidos, sin manchas de tinta. No, ya no haría falta volver a
escribir nada. Todo lo importante había sido escrito: era inolvidable.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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