Cogió papel y boli y se deshizo
de ellos, decidió que nunca más los volvería a utilizar. Vería declinar los
días sin apuntar nada; día gris tras día gris, sin nombres, sin fechas.
Pasarían los meses, las estaciones, los años... y no apuntaría nada. Cerraría los
ojos y se sonreiría, satisfecha, en su mecedora. Allí la vida resplandecería igual
que la primerísima y luminosa página de su cuaderno infantil, sin tachones, sin
renglones torcidos, sin manchas de tinta. No, ya no haría falta volver a
escribir nada. Todo lo importante había sido escrito: era inolvidable.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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