No se explicaba cómo, pero nada
le dolía. Nunca envejecía, no tomaba alimento alguno y tampoco bebía. El último
hombre vacío no tenía nada en su interior y caminaba con guijarros dentro de
los bolsillos. A pesar de las muchas pruebas y preguntas, que siempre daban el
mismo resultado, no recordaba si alguna vez estuvo lleno por dentro. Su mirada
gris, siempre en espera, buscaba lo extraordinario en las cambiantes formas de
las bandadas de pájaros al atardecer, en los delicados brotes que crecían en
macetas de colores y en las atareadas hormigas que acarreaban migas de pan.
Probó suerte con muchos trabajos: telegrafista, orfebre y samurai, aunque
finalmente se convirtió en buzo, fascinado por los destellos plateados de los
bancos de peces. Más tarde, persiguiendo las luces, se adentraría en las
profundidades de una sima oceánica con sus guijarros en los bolsillos y nunca
más volvería a la superficie.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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