No se explicaba cómo, pero nada
le dolía. Nunca envejecía, no tomaba alimento alguno y tampoco bebía. El último
hombre vacío no tenía nada en su interior y caminaba con guijarros dentro de
los bolsillos. A pesar de las muchas pruebas y preguntas, que siempre daban el
mismo resultado, no recordaba si alguna vez estuvo lleno por dentro. Su mirada
gris, siempre en espera, buscaba lo extraordinario en las cambiantes formas de
las bandadas de pájaros al atardecer, en los delicados brotes que crecían en
macetas de colores y en las atareadas hormigas que acarreaban migas de pan.
Probó suerte con muchos trabajos: telegrafista, orfebre y samurai, aunque
finalmente se convirtió en buzo, fascinado por los destellos plateados de los
bancos de peces. Más tarde, persiguiendo las luces, se adentraría en las
profundidades de una sima oceánica con sus guijarros en los bolsillos y nunca
más volvería a la superficie.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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