No se explicaba cómo, pero nada
le dolía. Nunca envejecía, no tomaba alimento alguno y tampoco bebía. El último
hombre vacío no tenía nada en su interior y caminaba con guijarros dentro de
los bolsillos. A pesar de las muchas pruebas y preguntas, que siempre daban el
mismo resultado, no recordaba si alguna vez estuvo lleno por dentro. Su mirada
gris, siempre en espera, buscaba lo extraordinario en las cambiantes formas de
las bandadas de pájaros al atardecer, en los delicados brotes que crecían en
macetas de colores y en las atareadas hormigas que acarreaban migas de pan.
Probó suerte con muchos trabajos: telegrafista, orfebre y samurai, aunque
finalmente se convirtió en buzo, fascinado por los destellos plateados de los
bancos de peces. Más tarde, persiguiendo las luces, se adentraría en las
profundidades de una sima oceánica con sus guijarros en los bolsillos y nunca
más volvería a la superficie.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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