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El último hombre vacío


No se explicaba cómo, pero nada le dolía. Nunca envejecía, no tomaba alimento alguno y tampoco bebía. El último hombre vacío no tenía nada en su interior y caminaba con guijarros dentro de los bolsillos. A pesar de las muchas pruebas y preguntas, que siempre daban el mismo resultado, no recordaba si alguna vez estuvo lleno por dentro. Su mirada gris, siempre en espera, buscaba lo extraordinario en las cambiantes formas de las bandadas de pájaros al atardecer, en los delicados brotes que crecían en macetas de colores y en las atareadas hormigas que acarreaban migas de pan. Probó suerte con muchos trabajos: telegrafista, orfebre y samurai, aunque finalmente se convirtió en buzo, fascinado por los destellos plateados de los bancos de peces. Más tarde, persiguiendo las luces, se adentraría en las profundidades de una sima oceánica con sus guijarros en los bolsillos y nunca más volvería a la superficie.

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Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.