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El Westwest

Josef K. se despertó con un sudor frío: era un escarabajo, catalán, y le acusaban de no sabía muy bien qué. Como todo había sido un sueño se dio la vuelta y siguió durmiendo hasta el mediodía. El día estaba ya alto cuando Josef K. salió del agujero del parque. Debía presentarse sin falta ante el tribunal del Westwest. Los escarabajos acarreaban sus larvas, volaban, o se tumbaban al sol junto a la mierda; Josef K debía pasar entre ellos para llegar al otro lado. Corría tramos cortos y se escondía bajo la hojarasca, luego echaba otra carrera y lo mismo.

Cuando llegó al  tribunal subterráneo del Westwest era noche cerrada. Agotado, pidió descansar un rato. “Nadie le ha citado aquí”, dijo el portero. “Sin embargo, yo tengo una citación. Soy el agrimensor K.” En ese caso, puede pasar, espere junto al bicho Gregorio Samsa. Y la puerta se cerró con un quejido.

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Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.