El automóvil se paró a un lado de
la autovía y sus dos ocupantes bajaron para contemplar la silueta del
incinerador de basuras y la montaña de residuos que el crepúsculo recortaba sobre
el horizonte. Tomaron unas fotografías de la escena con una vieja polaroid que
rápidamente plasmó el momento en papel fotográfico. Miraron las instantáneas y
también la humeante planta industrial hundida ya en la oscuridad. No había
tráfico y caminaron unos pocos metros por la autovía, con las manos en los
bolsillos y cada uno por su lado, pensativos, en silencio. Al poco regresaron
al automóvil y dejaron las fotografías en la guantera junto a montones de otras
muchas de lugares inexplicables y rostros desconocidos. El automóvil despegó encendiendo sus
faros, y elevándose sobre la autovía a gran velocidad se perdió para siempre en
la noche profunda.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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