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Ethnicolor

El automóvil se paró a un lado de la autovía y sus dos ocupantes bajaron para contemplar la silueta del incinerador de basuras y la montaña de residuos que el crepúsculo recortaba sobre el horizonte. Tomaron unas fotografías de la escena con una vieja polaroid que rápidamente plasmó el momento en papel fotográfico. Miraron las instantáneas y también la humeante planta industrial hundida ya en la oscuridad. No había tráfico y caminaron unos pocos metros por la autovía, con las manos en los bolsillos y cada uno por su lado, pensativos, en silencio. Al poco regresaron al automóvil y dejaron las fotografías en la guantera junto a montones de otras muchas de lugares inexplicables y rostros desconocidos. El automóvil despegó encendiendo sus faros, y elevándose sobre la autovía a gran velocidad se perdió para siempre en la noche profunda.

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Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.