El automóvil se paró a un lado de
la autovía y sus dos ocupantes bajaron para contemplar la silueta del
incinerador de basuras y la montaña de residuos que el crepúsculo recortaba sobre
el horizonte. Tomaron unas fotografías de la escena con una vieja polaroid que
rápidamente plasmó el momento en papel fotográfico. Miraron las instantáneas y
también la humeante planta industrial hundida ya en la oscuridad. No había
tráfico y caminaron unos pocos metros por la autovía, con las manos en los
bolsillos y cada uno por su lado, pensativos, en silencio. Al poco regresaron
al automóvil y dejaron las fotografías en la guantera junto a montones de otras
muchas de lugares inexplicables y rostros desconocidos. El automóvil despegó encendiendo sus
faros, y elevándose sobre la autovía a gran velocidad se perdió para siempre en
la noche profunda.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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