El automóvil se paró a un lado de
la autovía y sus dos ocupantes bajaron para contemplar la silueta del
incinerador de basuras y la montaña de residuos que el crepúsculo recortaba sobre
el horizonte. Tomaron unas fotografías de la escena con una vieja polaroid que
rápidamente plasmó el momento en papel fotográfico. Miraron las instantáneas y
también la humeante planta industrial hundida ya en la oscuridad. No había
tráfico y caminaron unos pocos metros por la autovía, con las manos en los
bolsillos y cada uno por su lado, pensativos, en silencio. Al poco regresaron
al automóvil y dejaron las fotografías en la guantera junto a montones de otras
muchas de lugares inexplicables y rostros desconocidos. El automóvil despegó encendiendo sus
faros, y elevándose sobre la autovía a gran velocidad se perdió para siempre en
la noche profunda.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
Comentarios
Publicar un comentario