Burló a la muerte para
convertirse en su ama de llaves, y aunque todos en la aldea conocen la terrible
historia de la joven doncella confinada en el palacio de invierno, nadie se
atreve a pronunciar su nombre. Allí vive Griselda rodeada de cristales de
hielo, nieve y escarcha, deambulando por los solitarios corredores sin que la
muerte pueda tocarla, ni tan siquiera un mechón de su larga melena oscura. Cada
noche Griselda hace sonar su viejo y desafinado clavicordio mientras la muerte
descansa echada sobre un antiguo diván raído; es entonces cuando los aldeanos
se desploman al compás del minueto o la contradanza. Después la dama cuenta a
los infelices con su pequeño catalejo de hojalata; entre suspiros, Griselda, aprieta en su mano la pequeña llave que da cuerda a su corazón mecánico.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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