Burló a la muerte para
convertirse en su ama de llaves, y aunque todos en la aldea conocen la terrible
historia de la joven doncella confinada en el palacio de invierno, nadie se
atreve a pronunciar su nombre. Allí vive Griselda rodeada de cristales de
hielo, nieve y escarcha, deambulando por los solitarios corredores sin que la
muerte pueda tocarla, ni tan siquiera un mechón de su larga melena oscura. Cada
noche Griselda hace sonar su viejo y desafinado clavicordio mientras la muerte
descansa echada sobre un antiguo diván raído; es entonces cuando los aldeanos
se desploman al compás del minueto o la contradanza. Después la dama cuenta a
los infelices con su pequeño catalejo de hojalata; entre suspiros, Griselda, aprieta en su mano la pequeña llave que da cuerda a su corazón mecánico.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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