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Insensatez / El descenso

Era un sueño recurrente lo que la asediaba cada noche. Afortunadamente desaparecía por la mañana al contemplar a su familia desayunar. Renovada, salía luego al mundo con el alma limpia, envuelta en fragante suavizante rosa.

Pero existía otra Anabel Oliveira; era alfanumérica, oscura y brillante como el petróleo. Era la Anabel Oliveira que existía para gobiernos, corporaciones y empresas; estaba hecha de búsquedas en la intranet, de correos electrónicos, de transacciones y mensajes, y existía en un mundo volteado junto a trillones de otros perfiles.

La noche antes hizo el amor. No hubieron jaquecas; tampoco achaques, y gozó igual que a los veinte. Acabó dormida en brazos de su pareja. Despertó hambrienta y descansada, parecía estar ante la primera mañana del universo. Un hilo de bossa nova la condujo hasta la radio de la cocina. Allí estaba sentada otra Anabel Oliveira, a la que su hijo decía “mamá”.

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Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.