La Estación Blanca fue
fotografiada por última y única vez desde el espacio por un satélite canadiense
en 1994. La imagen, no muy definida, muestra una construcción translucida y
blanquecina de aristas vivas y sencillas formas rectangulares. Dos segundos
después, en la siguiente instantánea, la estación ha desaparecido. Me reúno en
Mongolia con una tribu de nómadas que aseguran haberla visto. Rebusco en mi
bolsa de viaje una botella de agua. Hay un torneo con caballos y jinetes,
casualidad, en mitad de esta llanura vibrante y anómala. No he visto nada
avanzar más rápido en toda mi vida. Un Ferrari en mitad del desierto no tiene
valor, pero un caballo es un tesoro. Dentro de la caravana encuentro a los
testigos. Parecen haber estado años enteros allí sentados, esperándome. El guía
me traduce que no la busque, no existe; La Estación Blanca es un estado
de la mente.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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