Al abrir la nevera vi que solo quedaban tres huevos, así que froté la
manga de mi chaqué de mago venido a menos y otros tres huevos rodaron hasta mi
mano, también un par de monedas bajo mi lengua, ambas de oro falso, ambas rellenas
de chocolate. La deslucida chistera ya no proveía como en los buenos viejos tiempos.
El truco lo hice muchas veces en la Misión de Medianoche, sin mucho éxito; no
les culpo. Aquellas caras hundidas, escondidas tras las barbas y el hedor a
miseria transitaban a diario por los márgenes de la civilización. No eran un
público de muchas palabras, ni cercano, ni simpático; eran la última y
titubeante línea que separaba lo animal de lo humano. Se percibía, podía
olerse, era un acto reflejo, intenso como el peligro. No había regreso desde
allí, ni magia capaz de pagar ese billete de vuelta.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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