Al abrir la nevera vi que solo quedaban tres huevos, así que froté la
manga de mi chaqué de mago venido a menos y otros tres huevos rodaron hasta mi
mano, también un par de monedas bajo mi lengua, ambas de oro falso, ambas rellenas
de chocolate. La deslucida chistera ya no proveía como en los buenos viejos tiempos.
El truco lo hice muchas veces en la Misión de Medianoche, sin mucho éxito; no
les culpo. Aquellas caras hundidas, escondidas tras las barbas y el hedor a
miseria transitaban a diario por los márgenes de la civilización. No eran un
público de muchas palabras, ni cercano, ni simpático; eran la última y
titubeante línea que separaba lo animal de lo humano. Se percibía, podía
olerse, era un acto reflejo, intenso como el peligro. No había regreso desde
allí, ni magia capaz de pagar ese billete de vuelta.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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