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La Misión de Medianoche


Al abrir la nevera vi que solo quedaban tres huevos, así que froté la manga de mi chaqué de mago venido a menos y otros tres huevos rodaron hasta mi mano, también un par de monedas bajo mi lengua, ambas de oro falso, ambas rellenas de chocolate. La deslucida chistera ya no proveía como en los buenos viejos tiempos. El truco lo hice muchas veces en la Misión de Medianoche, sin mucho éxito; no les culpo. Aquellas caras hundidas, escondidas tras las barbas y el hedor a miseria transitaban a diario por los márgenes de la civilización. No eran un público de muchas palabras, ni cercano, ni simpático; eran la última y titubeante línea que separaba lo animal de lo humano. Se percibía, podía olerse, era un acto reflejo, intenso como el peligro. No había regreso desde allí, ni magia capaz de pagar ese billete de vuelta.

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