Ir al contenido principal

La Misión de Medianoche


Al abrir la nevera vi que solo quedaban tres huevos, así que froté la manga de mi chaqué de mago venido a menos y otros tres huevos rodaron hasta mi mano, también un par de monedas bajo mi lengua, ambas de oro falso, ambas rellenas de chocolate. La deslucida chistera ya no proveía como en los buenos viejos tiempos. El truco lo hice muchas veces en la Misión de Medianoche, sin mucho éxito; no les culpo. Aquellas caras hundidas, escondidas tras las barbas y el hedor a miseria transitaban a diario por los márgenes de la civilización. No eran un público de muchas palabras, ni cercano, ni simpático; eran la última y titubeante línea que separaba lo animal de lo humano. Se percibía, podía olerse, era un acto reflejo, intenso como el peligro. No había regreso desde allí, ni magia capaz de pagar ese billete de vuelta.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.