Al abrir la nevera vi que solo quedaban tres huevos, así que froté la
manga de mi chaqué de mago venido a menos y otros tres huevos rodaron hasta mi
mano, también un par de monedas bajo mi lengua, ambas de oro falso, ambas rellenas
de chocolate. La deslucida chistera ya no proveía como en los buenos viejos tiempos.
El truco lo hice muchas veces en la Misión de Medianoche, sin mucho éxito; no
les culpo. Aquellas caras hundidas, escondidas tras las barbas y el hedor a
miseria transitaban a diario por los márgenes de la civilización. No eran un
público de muchas palabras, ni cercano, ni simpático; eran la última y
titubeante línea que separaba lo animal de lo humano. Se percibía, podía
olerse, era un acto reflejo, intenso como el peligro. No había regreso desde
allí, ni magia capaz de pagar ese billete de vuelta.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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