Al abrir la nevera vi que solo quedaban tres huevos, así que froté la
manga de mi chaqué de mago venido a menos y otros tres huevos rodaron hasta mi
mano, también un par de monedas bajo mi lengua, ambas de oro falso, ambas rellenas
de chocolate. La deslucida chistera ya no proveía como en los buenos viejos tiempos.
El truco lo hice muchas veces en la Misión de Medianoche, sin mucho éxito; no
les culpo. Aquellas caras hundidas, escondidas tras las barbas y el hedor a
miseria transitaban a diario por los márgenes de la civilización. No eran un
público de muchas palabras, ni cercano, ni simpático; eran la última y
titubeante línea que separaba lo animal de lo humano. Se percibía, podía
olerse, era un acto reflejo, intenso como el peligro. No había regreso desde
allí, ni magia capaz de pagar ese billete de vuelta.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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