A falta de treinta y nueve metros
para alcanzar el centro de la montaña la maquinaría resopló y se detuvo en
silencio. El ingeniero se quitó el casco y rascó su calva empapada; en la cuadrilla, los obreros miraban incrédulamente. La tuneladora no pudo avanzar más allá de aquel
punto. Las posteriores e insistentes detonaciones con explosivos, cada vez más
potentes, no consiguieron brecha ni grieta en el macizo rocoso, que resultaba
infranqueable. Muy cualificados geólogos analizaron cada centímetro de piedra,
pero los muchos números y mediciones no pudieron explicar su inconcebible resistencia. Y allí
quedó. El contratiempo obligó a cambiar la planificación de la ruta comercial
que hubo de desviarse varios kilómetros. Finalmente, las obras acabaron con
algunos años de retraso respecto al plan original. Ahora los trenes atraviesan
el desierto como ciempiés infatigables, acompañados de una obstinada carretera
que discurre en paralelo. Viejos y delgadísimos zahoríes tatuados cruzan de
tanto en tanto el lugar vestidos únicamente con taparrabos, pegan la oreja al
suelo y escuchan. El corazón de la montaña guarda la pena del mundo, no se
puede atravesar.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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