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La montaña y la tuneladora


A falta de treinta y nueve metros para alcanzar el centro de la montaña la maquinaría resopló y se detuvo en silencio. El ingeniero se quitó el casco y rascó su calva empapada; en la cuadrilla, los obreros miraban incrédulamente. La tuneladora no pudo avanzar más allá de aquel punto. Las posteriores e insistentes detonaciones con explosivos, cada vez más potentes, no consiguieron brecha ni grieta en el macizo rocoso, que resultaba infranqueable. Muy cualificados geólogos analizaron cada centímetro de piedra, pero los muchos números y mediciones no pudieron explicar  su inconcebible resistencia. Y allí quedó. El contratiempo obligó a cambiar la planificación de la ruta comercial que hubo de desviarse varios kilómetros. Finalmente, las obras acabaron con algunos años de retraso respecto al plan original. Ahora los trenes atraviesan el desierto como ciempiés infatigables, acompañados de una obstinada carretera que discurre en paralelo. Viejos y delgadísimos zahoríes tatuados cruzan de tanto en tanto el lugar vestidos únicamente con taparrabos, pegan la oreja al suelo y escuchan. El corazón de la montaña guarda la pena del mundo, no se puede atravesar.

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Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.