Se alejó de los corrillos que la
acusaban. La ofensa, cuervo solitario, sobrevolaba su cabeza. Por supuesto
irían a buscarla y ya acusada recorrería las calles en silencio y a
trompicones, puertas cerradas y ventanas cegadas. Nadie quería ver, pero todos
sabían que alguien sabía algo que le dijo un alguien que otro vio, eso y sus
libros y que no compartía su lecho. Llegó a la celda infectada de ratas,
humedades, abusos, golpes en las rodillas, escupitajos. Su larga melena cortada
a tijeretazos mientras la leña se acumulaba en la plaza, mientras el pueblo
dormía y se desayunaba día tras día hogazas untadas de mermelada. Juicio,
acusación y sentencia, batallas de ángeles, demonios; virtudes, pecados y
salvación: todo por escrito. El fuego purificador estaba dispuesto, el pueblo
estaba dispuesto, los piadosos estaban dispuestos, los justos estaban
dispuestos; el tabernero humillado, el alguien, él, también lo estaba. Que
arda.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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