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La Ofensa


Se alejó de los corrillos que la acusaban. La ofensa, cuervo solitario, sobrevolaba su cabeza. Por supuesto irían a buscarla y ya acusada recorrería las calles en silencio y a trompicones, puertas cerradas y ventanas cegadas. Nadie quería ver, pero todos sabían que alguien sabía algo que le dijo un alguien que otro vio, eso y sus libros y que no compartía su lecho. Llegó a la celda infectada de ratas, humedades, abusos, golpes en las rodillas, escupitajos. Su larga melena cortada a tijeretazos mientras la leña se acumulaba en la plaza, mientras el pueblo dormía y se desayunaba día tras día hogazas untadas de mermelada. Juicio, acusación y sentencia, batallas de ángeles, demonios; virtudes, pecados y salvación: todo por escrito. El fuego purificador estaba dispuesto, el pueblo estaba dispuesto, los piadosos estaban dispuestos, los justos estaban dispuestos; el tabernero humillado, el alguien, él, también lo estaba. Que arda.

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La cronófaga y la pila de ropa

  Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.

Santuario

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Hombre bala

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