Se alejó de los corrillos que la
acusaban. La ofensa, cuervo solitario, sobrevolaba su cabeza. Por supuesto
irían a buscarla y ya acusada recorrería las calles en silencio y a
trompicones, puertas cerradas y ventanas cegadas. Nadie quería ver, pero todos
sabían que alguien sabía algo que le dijo un alguien que otro vio, eso y sus
libros y que no compartía su lecho. Llegó a la celda infectada de ratas,
humedades, abusos, golpes en las rodillas, escupitajos. Su larga melena cortada
a tijeretazos mientras la leña se acumulaba en la plaza, mientras el pueblo
dormía y se desayunaba día tras día hogazas untadas de mermelada. Juicio,
acusación y sentencia, batallas de ángeles, demonios; virtudes, pecados y
salvación: todo por escrito. El fuego purificador estaba dispuesto, el pueblo
estaba dispuesto, los piadosos estaban dispuestos, los justos estaban
dispuestos; el tabernero humillado, el alguien, él, también lo estaba. Que
arda.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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