Se alejó de los corrillos que la
acusaban. La ofensa, cuervo solitario, sobrevolaba su cabeza. Por supuesto
irían a buscarla y ya acusada recorrería las calles en silencio y a
trompicones, puertas cerradas y ventanas cegadas. Nadie quería ver, pero todos
sabían que alguien sabía algo que le dijo un alguien que otro vio, eso y sus
libros y que no compartía su lecho. Llegó a la celda infectada de ratas,
humedades, abusos, golpes en las rodillas, escupitajos. Su larga melena cortada
a tijeretazos mientras la leña se acumulaba en la plaza, mientras el pueblo
dormía y se desayunaba día tras día hogazas untadas de mermelada. Juicio,
acusación y sentencia, batallas de ángeles, demonios; virtudes, pecados y
salvación: todo por escrito. El fuego purificador estaba dispuesto, el pueblo
estaba dispuesto, los piadosos estaban dispuestos, los justos estaban
dispuestos; el tabernero humillado, el alguien, él, también lo estaba. Que
arda.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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