A cada uno le habían arrancado un
algo. Intentaban explicárselo al encargado de la oficina, pero divagaban al
punto de ser pronunciado y en su lugar decían cualquier peripecia cotidiana, mañana no trabajo, hoy sopla el
viento, este peinado no me favorece.
Era imposible describir los algos ausentes; ninguno estaba donde solía estar.
Coincidían todos en que la forma de sus algos no tenía centro, ni principio,
que sus algos habían estado con ellos hasta hacía nada y que al momento habían
desaparecido. El oficinista los observaba rellenar la hoja de reclamaciones,
inconsolables, a solas con su íntimo misterio. Y al terminar salían por donde habían
entrado, con un gran pesar a unos cuantos centímetros por encima de sus
cabezas, entre el vértigo y el suspiro, mientras la hojarasca giraba en el
pequeño vals vienés que un
acordeonista tocaba en una esquina cercana.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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