A cada uno le habían arrancado un
algo. Intentaban explicárselo al encargado de la oficina, pero divagaban al
punto de ser pronunciado y en su lugar decían cualquier peripecia cotidiana, mañana no trabajo, hoy sopla el
viento, este peinado no me favorece.
Era imposible describir los algos ausentes; ninguno estaba donde solía estar.
Coincidían todos en que la forma de sus algos no tenía centro, ni principio,
que sus algos habían estado con ellos hasta hacía nada y que al momento habían
desaparecido. El oficinista los observaba rellenar la hoja de reclamaciones,
inconsolables, a solas con su íntimo misterio. Y al terminar salían por donde habían
entrado, con un gran pesar a unos cuantos centímetros por encima de sus
cabezas, entre el vértigo y el suspiro, mientras la hojarasca giraba en el
pequeño vals vienés que un
acordeonista tocaba en una esquina cercana.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
Comentarios
Publicar un comentario