A cada uno le habían arrancado un
algo. Intentaban explicárselo al encargado de la oficina, pero divagaban al
punto de ser pronunciado y en su lugar decían cualquier peripecia cotidiana, mañana no trabajo, hoy sopla el
viento, este peinado no me favorece.
Era imposible describir los algos ausentes; ninguno estaba donde solía estar.
Coincidían todos en que la forma de sus algos no tenía centro, ni principio,
que sus algos habían estado con ellos hasta hacía nada y que al momento habían
desaparecido. El oficinista los observaba rellenar la hoja de reclamaciones,
inconsolables, a solas con su íntimo misterio. Y al terminar salían por donde habían
entrado, con un gran pesar a unos cuantos centímetros por encima de sus
cabezas, entre el vértigo y el suspiro, mientras la hojarasca giraba en el
pequeño vals vienés que un
acordeonista tocaba en una esquina cercana.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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