A cada uno le habían arrancado un
algo. Intentaban explicárselo al encargado de la oficina, pero divagaban al
punto de ser pronunciado y en su lugar decían cualquier peripecia cotidiana, mañana no trabajo, hoy sopla el
viento, este peinado no me favorece.
Era imposible describir los algos ausentes; ninguno estaba donde solía estar.
Coincidían todos en que la forma de sus algos no tenía centro, ni principio,
que sus algos habían estado con ellos hasta hacía nada y que al momento habían
desaparecido. El oficinista los observaba rellenar la hoja de reclamaciones,
inconsolables, a solas con su íntimo misterio. Y al terminar salían por donde habían
entrado, con un gran pesar a unos cuantos centímetros por encima de sus
cabezas, entre el vértigo y el suspiro, mientras la hojarasca giraba en el
pequeño vals vienés que un
acordeonista tocaba en una esquina cercana.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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