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La oficina de los algos perdidos


A cada uno le habían arrancado un algo. Intentaban explicárselo al encargado de la oficina, pero divagaban al punto de ser pronunciado y en su lugar decían cualquier peripecia cotidiana, mañana no trabajo, hoy sopla el viento, este peinado no me favorece. Era imposible describir los algos ausentes; ninguno estaba donde solía estar. Coincidían todos en que la forma de sus algos no tenía centro, ni principio, que sus algos habían estado con ellos hasta hacía nada y que al momento habían desaparecido. El oficinista los observaba rellenar la hoja de reclamaciones, inconsolables, a solas con su íntimo misterio. Y al terminar salían por donde habían entrado, con un gran pesar a unos cuantos centímetros por encima de sus cabezas, entre el vértigo y el suspiro, mientras la hojarasca giraba en el pequeño vals vienés que un acordeonista tocaba en una esquina cercana.

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