Tras varios meses reuní el valor
para entrar en el panteón Zuttgenstein. Pétalos negros y velones consumidos,
esqueletos de mármol, y en el centro: la tumba del primer barón. A su lado su hija,
nacida con cola y pezuñas de ciervo, huída a los bosques donde abatida por cazadores
furtivos fue hallada desnuda, cubierta de pelaje y preñada por algún desalmado.
La bellísima madre de la joven Zuttgenstein, impedida, anduvo su vida a cuatro
patas golpeada por el Barón y a cuatro patas parió a sus vástagos en las caballerizas.
El carbón del Rurh nos convirtió en dioses, pero nuestra sangre, cruzada
demasiadas veces, nos coronó monstruos. Deformidades y vicios, abominaciones y
acciones bursátiles convirtieron al apellido Zuttgenstein en un holding
empresarial con Europa bajo su puño. Ahora la cirugía plástica oculta las consecuencias
visibles de nuestros pecados mientras financiamos a las farmacéuticas para limpiar
nuestra sangre maldita.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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