Tras varios meses reuní el valor
para entrar en el panteón Zuttgenstein. Pétalos negros y velones consumidos,
esqueletos de mármol, y en el centro: la tumba del primer barón. A su lado su hija,
nacida con cola y pezuñas de ciervo, huída a los bosques donde abatida por cazadores
furtivos fue hallada desnuda, cubierta de pelaje y preñada por algún desalmado.
La bellísima madre de la joven Zuttgenstein, impedida, anduvo su vida a cuatro
patas golpeada por el Barón y a cuatro patas parió a sus vástagos en las caballerizas.
El carbón del Rurh nos convirtió en dioses, pero nuestra sangre, cruzada
demasiadas veces, nos coronó monstruos. Deformidades y vicios, abominaciones y
acciones bursátiles convirtieron al apellido Zuttgenstein en un holding
empresarial con Europa bajo su puño. Ahora la cirugía plástica oculta las consecuencias
visibles de nuestros pecados mientras financiamos a las farmacéuticas para limpiar
nuestra sangre maldita.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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