Tras varios meses reuní el valor
para entrar en el panteón Zuttgenstein. Pétalos negros y velones consumidos,
esqueletos de mármol, y en el centro: la tumba del primer barón. A su lado su hija,
nacida con cola y pezuñas de ciervo, huída a los bosques donde abatida por cazadores
furtivos fue hallada desnuda, cubierta de pelaje y preñada por algún desalmado.
La bellísima madre de la joven Zuttgenstein, impedida, anduvo su vida a cuatro
patas golpeada por el Barón y a cuatro patas parió a sus vástagos en las caballerizas.
El carbón del Rurh nos convirtió en dioses, pero nuestra sangre, cruzada
demasiadas veces, nos coronó monstruos. Deformidades y vicios, abominaciones y
acciones bursátiles convirtieron al apellido Zuttgenstein en un holding
empresarial con Europa bajo su puño. Ahora la cirugía plástica oculta las consecuencias
visibles de nuestros pecados mientras financiamos a las farmacéuticas para limpiar
nuestra sangre maldita.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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