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La saga de los Zuttgenstein


Tras varios meses reuní el valor para entrar en el panteón Zuttgenstein. Pétalos negros y velones consumidos, esqueletos de mármol, y en el centro: la tumba del primer barón. A su lado su hija, nacida con cola y pezuñas de ciervo, huída a los bosques donde abatida por cazadores furtivos fue hallada desnuda, cubierta de pelaje y preñada por algún desalmado. La bellísima madre de la joven Zuttgenstein, impedida, anduvo su vida a cuatro patas golpeada por el Barón y a cuatro patas parió a sus vástagos en las caballerizas. El carbón del Rurh nos convirtió en dioses, pero nuestra sangre, cruzada demasiadas veces, nos coronó monstruos. Deformidades y vicios, abominaciones y acciones bursátiles convirtieron al apellido Zuttgenstein en un holding empresarial con Europa bajo su puño. Ahora la cirugía plástica oculta las consecuencias visibles de nuestros pecados mientras financiamos a las farmacéuticas para limpiar nuestra sangre maldita.

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Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.