Faltaban cinco minutos. El
torturador, oculto tras una máscara kabuki, echó una ojeada a su exclusivo
reloj de pulsera japonés. Cuando acabó de desenredar los cables del pequeño
dispositivo de descargas eléctricas escogió un disco y dejó caer la aguja en la
última canción del vinilo. En la habitación de al lado un cuerpo amordazado y
surcado de cuerdas y nudos pendía cabeza abajo. Se asemejaba a una crisálida de
cuero negro y brillante que oscilaba entre gimoteos colgada de un gancho
anclado en el techo. Las ataduras se hundían en su carne enrojecida y por su
frente rodaban lágrimas negras de éxtasis mezcladas con rímel, sudor y saliva.
La máquina de los prodigios resopló cansada. La aguja del tocadiscos había
llegado al final del disco y repetía un ciclo infinito. El torturador abrió la
puerta de la celda, una nube de pequeñas mariposas blancas aleteaban en su
interior.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
Comentarios
Publicar un comentario