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Las hadas llevan botas


Faltaban cinco minutos. El torturador, oculto tras una máscara kabuki, echó una ojeada a su exclusivo reloj de pulsera japonés. Cuando acabó de desenredar los cables del pequeño dispositivo de descargas eléctricas escogió un disco y dejó caer la aguja en la última canción del vinilo. En la habitación de al lado un cuerpo amordazado y surcado de cuerdas y nudos pendía cabeza abajo. Se asemejaba a una crisálida de cuero negro y brillante que oscilaba entre gimoteos colgada de un gancho anclado en el techo. Las ataduras se hundían en su carne enrojecida y por su frente rodaban lágrimas negras de éxtasis mezcladas con rímel, sudor y saliva. La máquina de los prodigios resopló cansada. La aguja del tocadiscos había llegado al final del disco y repetía un ciclo infinito. El torturador abrió la puerta de la celda, una nube de pequeñas mariposas blancas aleteaban en su interior.

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Sueños al vacío

  Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.

La cronófaga y la pila de ropa

  Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.

Hombre bala

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