Faltaban cinco minutos. El
torturador, oculto tras una máscara kabuki, echó una ojeada a su exclusivo
reloj de pulsera japonés. Cuando acabó de desenredar los cables del pequeño
dispositivo de descargas eléctricas escogió un disco y dejó caer la aguja en la
última canción del vinilo. En la habitación de al lado un cuerpo amordazado y
surcado de cuerdas y nudos pendía cabeza abajo. Se asemejaba a una crisálida de
cuero negro y brillante que oscilaba entre gimoteos colgada de un gancho
anclado en el techo. Las ataduras se hundían en su carne enrojecida y por su
frente rodaban lágrimas negras de éxtasis mezcladas con rímel, sudor y saliva.
La máquina de los prodigios resopló cansada. La aguja del tocadiscos había
llegado al final del disco y repetía un ciclo infinito. El torturador abrió la
puerta de la celda, una nube de pequeñas mariposas blancas aleteaban en su
interior.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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