Todo esto sucedió, más o menos, durante mi separación. Sin poder dormir, empecé a frecuentar la única biblioteca nocturna de la ciudad. Al
principio me sentaba en los sillones, ojeaba semanarios y miraba discretamente a
los que como yo pasaban allí su desgracia; luego, durante doce años, me
acompañé de un atlas gigante con láminas a todo color. Cuando regresaba al hogar
Bostwana y Bangladesh pateaban mi cabeza, así olvidaba que ella se había
marchado. Me trabajé cierta cuota de respeto: los veteranos empezaron a
llamarme jefe. No salía, no comía, y
por supuesto tampoco dormía; olvidé mi nombre, el de ella y el aspecto de mi
reflejo; pero conocía todos los nombres del mundo. Tras doce años pisé la calle
de nuevo. No supe lo que hacer con tanta luz. Miré mi ropa, estaba gastada y
afeada por lamparones; quise escuchar el Tristán, pero me deshice por el
camino.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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