Todo esto sucedió, más o menos, durante mi separación. Sin poder dormir, empecé a frecuentar la única biblioteca nocturna de la ciudad. Al
principio me sentaba en los sillones, ojeaba semanarios y miraba discretamente a
los que como yo pasaban allí su desgracia; luego, durante doce años, me
acompañé de un atlas gigante con láminas a todo color. Cuando regresaba al hogar
Bostwana y Bangladesh pateaban mi cabeza, así olvidaba que ella se había
marchado. Me trabajé cierta cuota de respeto: los veteranos empezaron a
llamarme jefe. No salía, no comía, y
por supuesto tampoco dormía; olvidé mi nombre, el de ella y el aspecto de mi
reflejo; pero conocía todos los nombres del mundo. Tras doce años pisé la calle
de nuevo. No supe lo que hacer con tanta luz. Miré mi ropa, estaba gastada y
afeada por lamparones; quise escuchar el Tristán, pero me deshice por el
camino.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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