Todo esto sucedió, más o menos, durante mi separación. Sin poder dormir, empecé a frecuentar la única biblioteca nocturna de la ciudad. Al
principio me sentaba en los sillones, ojeaba semanarios y miraba discretamente a
los que como yo pasaban allí su desgracia; luego, durante doce años, me
acompañé de un atlas gigante con láminas a todo color. Cuando regresaba al hogar
Bostwana y Bangladesh pateaban mi cabeza, así olvidaba que ella se había
marchado. Me trabajé cierta cuota de respeto: los veteranos empezaron a
llamarme jefe. No salía, no comía, y
por supuesto tampoco dormía; olvidé mi nombre, el de ella y el aspecto de mi
reflejo; pero conocía todos los nombres del mundo. Tras doce años pisé la calle
de nuevo. No supe lo que hacer con tanta luz. Miré mi ropa, estaba gastada y
afeada por lamparones; quise escuchar el Tristán, pero me deshice por el
camino.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
Comentarios
Publicar un comentario