Todo el mundo sabe lo que puede
encontrar en Boogie Street. Hay una banda de jazz que toca en playback, y gangsters
haciendo negocios tras el escenario; todos usan sombrero, todos roban y a todos
los han desplumado: es el único lugar del mundo donde nunca amanece y donde se compran
sueños perdidos a cambio de historias usadas. Una mentira vale tanto como una
verdad en el mercado negro de Boogie Street, las falsificaciones son tan reales
que en la calle de al lado nadie las distinguiría, sólo es necesario estar
dispuesto a creer que son auténticas. Nadie reclama por una historia fallida,
una promesa de segunda mano o por una traición a contraluz, nadie mira a los
ojos y nadie pregunta nada. Todos quieren empezar de nuevo en Boogie Street, done siempre hay
una partida en marcha y corre el dinero sucio, pero las cartas están
marcadas.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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