Todo el mundo sabe lo que puede
encontrar en Boogie Street. Hay una banda de jazz que toca en playback, y gangsters
haciendo negocios tras el escenario; todos usan sombrero, todos roban y a todos
los han desplumado: es el único lugar del mundo donde nunca amanece y donde se compran
sueños perdidos a cambio de historias usadas. Una mentira vale tanto como una
verdad en el mercado negro de Boogie Street, las falsificaciones son tan reales
que en la calle de al lado nadie las distinguiría, sólo es necesario estar
dispuesto a creer que son auténticas. Nadie reclama por una historia fallida,
una promesa de segunda mano o por una traición a contraluz, nadie mira a los
ojos y nadie pregunta nada. Todos quieren empezar de nuevo en Boogie Street, done siempre hay
una partida en marcha y corre el dinero sucio, pero las cartas están
marcadas.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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