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Los días perfectos

Mordaki, Forbele, Mixito, Durzzi, Jaghanax, Trujzeh; todas ellas eran para los días corrientes. A Xantax la guardaba para sus libranzas. Esos días Tyler iba con ella al museo, y cuando oscurecía regresaban a casa, encargaban algo de cenar y después veían una película que nunca terminaban. Él desconectaba y Xantax fumaba en silencio; luego ella desaparecía por el corredor.

Tyler empezaba todos los lunes en la soledad del piso setenta y cuatro del edificio Bradbury. Al poco entraba Mordaki buscando su desayuno. Era un apartamento silencioso dentro de un mundo que no hacía ruido. Mientras él computaba datos, ella le contaba fragmentos de sueños; muy humano, concluyó Tyler, que siempre escuchaba activamente la narración de aquellos sueños. Se detuvo entonces por un momento y analizó el vacío de su interior metálico. Tyler el robot. El momento sucedió idéntico y al mismo tiempo en todas las plantas de todos los edificios del distrito, de la ciudad, del país, del continente; del mundo. Al nanosegundo de su hallazgo, Tyler, fue desactivado.

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Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.