“Uno nunca está preparado y el
otro es un zopenco”, se quejó amargamente el director de pista. “Bajaron a la
ciudad”, dijo la voz aflautada de un diminuto jockey a lomos de un caballo
enano. Los gemelos del Great Borsum Circus & Co. estaban unidos por la nalga
y habían crecido sin nombre. Se habían llegado hasta la metrópoli amparados por
las sombras nocturnas. El enjambre de vehículos a motor zumbando entre los ríos
de gente ofrecía una función más grande y salvaje que aquella donde les
hacían dar volteretas. Miraron desconfiados los relumbrantes carteles llenos de
luz eléctrica y ocultos en un callejón esperaron su momento pacientes. No tardaron en
ver a la cigarrera rubia de pálidos ojos verdes, solitaria y cansada. Se
acercaron con sigilo, disimulando la cojera. Ella lo supo enseguida; al verlos
venir su mercancía cayó al suelo. Gritaron y se abrazaron como una familia
largo tiempo separada.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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