“Uno nunca está preparado y el
otro es un zopenco”, se quejó amargamente el director de pista. “Bajaron a la
ciudad”, dijo la voz aflautada de un diminuto jockey a lomos de un caballo
enano. Los gemelos del Great Borsum Circus & Co. estaban unidos por la nalga
y habían crecido sin nombre. Se habían llegado hasta la metrópoli amparados por
las sombras nocturnas. El enjambre de vehículos a motor zumbando entre los ríos
de gente ofrecía una función más grande y salvaje que aquella donde les
hacían dar volteretas. Miraron desconfiados los relumbrantes carteles llenos de
luz eléctrica y ocultos en un callejón esperaron su momento pacientes. No tardaron en
ver a la cigarrera rubia de pálidos ojos verdes, solitaria y cansada. Se
acercaron con sigilo, disimulando la cojera. Ella lo supo enseguida; al verlos
venir su mercancía cayó al suelo. Gritaron y se abrazaron como una familia
largo tiempo separada.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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