Basta con cerrar los ojos para
saborear el delicioso olor a chocolate del taller de Nicoletta. Allí, ella se mueve con
soltura entre calderos humeantes, moldes y sacos de azúcar. Las mujeres esperan
inquietas ante su puerta mientras echan miradas indiscretas a través de los
empañados cristales de colores; cada poco miran impacientes al reloj del la
torre mientras el dulce y aromático vapor se filtra por cada rendija
haciéndolas suspirar. Puntualmente a las doce del mediodía, Nicoletta, rodeada
de un silencio procesional, saca del taller a los hombres de chocolate y los
coloca sobre la plataforma hecha de viejos maderos. Tras el último tañido de
campanas las mujeres se abalanzan a bocados sobre los hombres de chocolate, que
rápidamente ven cercenadas sus extremidades, cabezas y atributos. En cuestión
de minutos todas están pegajosas, embadurnadas de un caldo espeso y dulzón, y agotadas
aunque no saciadas, se relamen bajo el sol.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
Comentarios
Publicar un comentario