Basta con cerrar los ojos para
saborear el delicioso olor a chocolate del taller de Nicoletta. Allí, ella se mueve con
soltura entre calderos humeantes, moldes y sacos de azúcar. Las mujeres esperan
inquietas ante su puerta mientras echan miradas indiscretas a través de los
empañados cristales de colores; cada poco miran impacientes al reloj del la
torre mientras el dulce y aromático vapor se filtra por cada rendija
haciéndolas suspirar. Puntualmente a las doce del mediodía, Nicoletta, rodeada
de un silencio procesional, saca del taller a los hombres de chocolate y los
coloca sobre la plataforma hecha de viejos maderos. Tras el último tañido de
campanas las mujeres se abalanzan a bocados sobre los hombres de chocolate, que
rápidamente ven cercenadas sus extremidades, cabezas y atributos. En cuestión
de minutos todas están pegajosas, embadurnadas de un caldo espeso y dulzón, y agotadas
aunque no saciadas, se relamen bajo el sol.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
Comentarios
Publicar un comentario