Basta con cerrar los ojos para
saborear el delicioso olor a chocolate del taller de Nicoletta. Allí, ella se mueve con
soltura entre calderos humeantes, moldes y sacos de azúcar. Las mujeres esperan
inquietas ante su puerta mientras echan miradas indiscretas a través de los
empañados cristales de colores; cada poco miran impacientes al reloj del la
torre mientras el dulce y aromático vapor se filtra por cada rendija
haciéndolas suspirar. Puntualmente a las doce del mediodía, Nicoletta, rodeada
de un silencio procesional, saca del taller a los hombres de chocolate y los
coloca sobre la plataforma hecha de viejos maderos. Tras el último tañido de
campanas las mujeres se abalanzan a bocados sobre los hombres de chocolate, que
rápidamente ven cercenadas sus extremidades, cabezas y atributos. En cuestión
de minutos todas están pegajosas, embadurnadas de un caldo espeso y dulzón, y agotadas
aunque no saciadas, se relamen bajo el sol.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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