Basta con cerrar los ojos para
saborear el delicioso olor a chocolate del taller de Nicoletta. Allí, ella se mueve con
soltura entre calderos humeantes, moldes y sacos de azúcar. Las mujeres esperan
inquietas ante su puerta mientras echan miradas indiscretas a través de los
empañados cristales de colores; cada poco miran impacientes al reloj del la
torre mientras el dulce y aromático vapor se filtra por cada rendija
haciéndolas suspirar. Puntualmente a las doce del mediodía, Nicoletta, rodeada
de un silencio procesional, saca del taller a los hombres de chocolate y los
coloca sobre la plataforma hecha de viejos maderos. Tras el último tañido de
campanas las mujeres se abalanzan a bocados sobre los hombres de chocolate, que
rápidamente ven cercenadas sus extremidades, cabezas y atributos. En cuestión
de minutos todas están pegajosas, embadurnadas de un caldo espeso y dulzón, y agotadas
aunque no saciadas, se relamen bajo el sol.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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