En menudo lío se había metido. Y
ella también. Se despertaron desnudos mientras el errático vuelo de los
abejorros zumbaba en el aire. Una gran voz retumbó como un trueno y bandadas de
aves alzaron el vuelo sobre el rosado atardecer. Bestias grandes y pequeñas
corrieron a ocultarse en la espesura y miríadas de diminutas patas se movieron
a toda prisa bajo el exuberante follaje. La fruta madura rodaba por el suelo y
el eco de una risa burlona se arrastraba serpenteando por todos y cada uno de
los recovecos del imponente vergel. Antes de ser expulsados echaron la vista
atrás avergonzados, donde una espada en llamas custodiaba la colosal entrada.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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