En menudo lío se había metido. Y
ella también. Se despertaron desnudos mientras el errático vuelo de los
abejorros zumbaba en el aire. Una gran voz retumbó como un trueno y bandadas de
aves alzaron el vuelo sobre el rosado atardecer. Bestias grandes y pequeñas
corrieron a ocultarse en la espesura y miríadas de diminutas patas se movieron
a toda prisa bajo el exuberante follaje. La fruta madura rodaba por el suelo y
el eco de una risa burlona se arrastraba serpenteando por todos y cada uno de
los recovecos del imponente vergel. Antes de ser expulsados echaron la vista
atrás avergonzados, donde una espada en llamas custodiaba la colosal entrada.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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