En menudo lío se había metido. Y
ella también. Se despertaron desnudos mientras el errático vuelo de los
abejorros zumbaba en el aire. Una gran voz retumbó como un trueno y bandadas de
aves alzaron el vuelo sobre el rosado atardecer. Bestias grandes y pequeñas
corrieron a ocultarse en la espesura y miríadas de diminutas patas se movieron
a toda prisa bajo el exuberante follaje. La fruta madura rodaba por el suelo y
el eco de una risa burlona se arrastraba serpenteando por todos y cada uno de
los recovecos del imponente vergel. Antes de ser expulsados echaron la vista
atrás avergonzados, donde una espada en llamas custodiaba la colosal entrada.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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