Esta historia está basada en hechos reales. Yo soy el protagonista y
todo lo que llevo encima o bien es barato o es falso: mi traje, la corbata, la
estilográfica imitación en plástico de Mont Blanc. Pocos saben que las enciclopedias
de hace cuarenta años siguen actualizándose a razón de dos tomos por año, y no
hay nada como un buen libro grande, de tapas duras. El saber ocupa lugar: varias estanterías; ese es mi lema. Una casa puede construirse apilando libros,
pero prueben a hacer lo mismo con la
Internet. Las eminencias no consultan Wikipedia; y no la consultan porque
sus oficinas están llenas de gruesos volúmenes repletos de conocimientos y atesorados durante años. Esa es la diferencia,
señora o señor. Y caen vencidos como reses cansadas. Y pagan el anticipo de
un par de tomos que nunca recibirán. Y acaba el relato, y mi obra, y yo mismo desaparezco.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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