Esta historia está basada en hechos reales. Yo soy el protagonista y
todo lo que llevo encima o bien es barato o es falso: mi traje, la corbata, la
estilográfica imitación en plástico de Mont Blanc. Pocos saben que las enciclopedias
de hace cuarenta años siguen actualizándose a razón de dos tomos por año, y no
hay nada como un buen libro grande, de tapas duras. El saber ocupa lugar: varias estanterías; ese es mi lema. Una casa puede construirse apilando libros,
pero prueben a hacer lo mismo con la
Internet. Las eminencias no consultan Wikipedia; y no la consultan porque
sus oficinas están llenas de gruesos volúmenes repletos de conocimientos y atesorados durante años. Esa es la diferencia,
señora o señor. Y caen vencidos como reses cansadas. Y pagan el anticipo de
un par de tomos que nunca recibirán. Y acaba el relato, y mi obra, y yo mismo desaparezco.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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