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El último vendedor en el mundo de enciclopedias a domicilio


Esta historia está basada en hechos reales. Yo soy el protagonista y todo lo que llevo encima o bien es barato o es falso: mi traje, la corbata, la estilográfica imitación en plástico de Mont Blanc. Pocos saben que las enciclopedias de hace cuarenta años siguen actualizándose a razón de dos tomos por año, y no hay nada como un buen libro grande, de tapas duras. El saber ocupa lugar: varias estanterías; ese es mi lema. Una casa puede construirse apilando libros, pero prueben a hacer lo mismo con la Internet. Las eminencias no consultan Wikipedia; y no la consultan porque sus oficinas están llenas de gruesos volúmenes repletos de conocimientos y atesorados durante años. Esa es la diferencia, señora o señor. Y caen vencidos como reses cansadas. Y pagan el anticipo de un par de tomos que nunca recibirán. Y acaba el relato, y mi obra, y yo mismo desaparezco.

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Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.