Encontrarlo fue pura suerte. Despertó del sueño profundo en la
habitación del hotel. Junto a ella dormían amontonados varios cuerpos desnudos
y sudorosos. Los tiró de la cama a patadas y les arrojó un puñado de bathts
antes de echarlos sin contemplaciones. Apenas quedaba aire limpio, las sábanas estaban
sucias y olían mal. El monzón estaba acercándose, abrió la ventana. Podía
sentirlo igual que la tirantez en su coño dolorido, pero le dolía más que él nunca
la hubiera buscado. Dos mil años atrás, en el alto Rin, una abadesa duerme empapada en
fiebre, suspendida en el vacío por encima de su camastro. En su dedo gira un
anillo mientras farfulla en alemán antiguo: “El número marcado no existe” El tifón tocará tierra a las siete y media. Al abrigo de un bar, un toy-boy
mirará su moderno teléfono recién robado a una turista; una llamada perdida,
dos nuevos mensajes.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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