Encontrarlo fue pura suerte. Despertó del sueño profundo en la
habitación del hotel. Junto a ella dormían amontonados varios cuerpos desnudos
y sudorosos. Los tiró de la cama a patadas y les arrojó un puñado de bathts
antes de echarlos sin contemplaciones. Apenas quedaba aire limpio, las sábanas estaban
sucias y olían mal. El monzón estaba acercándose, abrió la ventana. Podía
sentirlo igual que la tirantez en su coño dolorido, pero le dolía más que él nunca
la hubiera buscado. Dos mil años atrás, en el alto Rin, una abadesa duerme empapada en
fiebre, suspendida en el vacío por encima de su camastro. En su dedo gira un
anillo mientras farfulla en alemán antiguo: “El número marcado no existe” El tifón tocará tierra a las siete y media. Al abrigo de un bar, un toy-boy
mirará su moderno teléfono recién robado a una turista; una llamada perdida,
dos nuevos mensajes.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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