Encontrarlo fue pura suerte. Despertó del sueño profundo en la
habitación del hotel. Junto a ella dormían amontonados varios cuerpos desnudos
y sudorosos. Los tiró de la cama a patadas y les arrojó un puñado de bathts
antes de echarlos sin contemplaciones. Apenas quedaba aire limpio, las sábanas estaban
sucias y olían mal. El monzón estaba acercándose, abrió la ventana. Podía
sentirlo igual que la tirantez en su coño dolorido, pero le dolía más que él nunca
la hubiera buscado. Dos mil años atrás, en el alto Rin, una abadesa duerme empapada en
fiebre, suspendida en el vacío por encima de su camastro. En su dedo gira un
anillo mientras farfulla en alemán antiguo: “El número marcado no existe” El tifón tocará tierra a las siete y media. Al abrigo de un bar, un toy-boy
mirará su moderno teléfono recién robado a una turista; una llamada perdida,
dos nuevos mensajes.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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