Nunca dice nada. El silencio
reina en la ciudad cubierta por la niebla. Hay un teatro de albinos acampado a
las afueras, por la noche representan su función sin despegar los labios, con
gestos delicados y pasos medidos. Las calles palidecen bajo la niebla. El rosario
de luces macilentas dibuja una vaporosa geometría espectral que pequeños
esqueletos aprovechan para robar las carteras y los suspiros. Suena una campana y la función acaba
en silencio. El muy escaso público aplaude sin emoción y sin haber visto nada;
no levantan mucho ruido al abandonar la carpa y la niebla los traga al cabo de
unos metros.
El calabozo más profundo es el
peor de la comisaría, el más sucio, el más frío y húmedo; también el más oscuro.
Allí tirado está mi dulce compañía, de lado, con las costillas molidas; sus ojos amoratados lloran amargas lágrimas por la gracia perdida.
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